julio 31, 2016
junio 11, 2015
El anacoreta
Por Jose Torres
Las líneas que ahora escribo son el inicio de lo que el tiempo ha de convertir en mi diario de vida. Bien ha de saber el posible lector de estas notas, que no me empuja a su redacción ningún afán exhibicionista, pues hace mucho tiempo que renuncié a atender las opiniones del mundo. Son las especiales condiciones en que transcurre mi existencia,las que me aconsejan dejar testimonio del devenir de mis días. No habrá orden. Escribo desde el caos. Estas páginas serán mi testamento,el que ha de borrar cualquier rastro de duda sobre la persona que me acompaña si la muerte me sobreviene de manera inesperada.
No es
mi propósito hacer aquí un relato pormenorizado delas circunstancias vitales que
me llevaron a tomar la decisión de vivir apartado de la sociedad, en el espacio
que delimitan las cuatro paredes de esta habitación. No fue más que el proceso
natural de los acontecimientos. Hacía mucho tiempo que me venía yendo, que todo
me empujaba en esta dirección. Un día desperté y la vida me obligó a
enfrentarme a la imagen que devolvía el espejo. Había demorado ese momento
tanto como pude, consciente de lo que aquella visión podía depararme. Primero
eché mano de las medias verdades, después de las mentiras, no importaba lo
grotescas que pudieran llegar a ser, mientras me
permitieran seguir eludiendo el reflejo de mi propia realidad,
aferrado a la vaga esperanza de que el destino me tuviera reservado un futuro
más prometedor. Jamás sucedió. Todos mis miedos, los más insignificantes y los
más profundos se materializaron en aquella imagen devastada, apabullantemente
mediocre, soberbiamente vacía, sólida en apariencia, pero condenada sin remedio
a la ruina, como las casas viejas que apenas mantienen en pie unas vigas de
madera devoradas por la podredumbre. Cuando tomé conciencia de la sordidez
de mis limitaciones, simplemente, me aparté. No hubo lucha, porque no había
salvación; es imposible escapar de uno mismo. Había nacido así, como mi peor
enemigo, confundiendo las más de las veces el papel de víctima y el de verdugo.
Vivía, pensaba, existía a contracorriente, sin tregua, sin importar qué o quién
tuviera delante, tenaz y suicidamente en el lado de a los que siempre les toca
perder. Quizá todo acabó de estropearse la tarde en que los cuerpos encorvados
luchaban contra el viento. Buscaba una dirección, perdido en las calles de una
ciudad que nunca fue mía. Entonces algo se quebró contra el desprecio en los
ojos de una desconocida, haciéndose añicos bajo el peso de su brazo que alejaba
mis dedos como si estuvieran consumidos por la lepra.Sucedió después de la
muerte de mis padres; para entonces ya no había testigos, nadie a quien pudiera
importar las consecuencias de mis actos.El mundo quedó reducido a 30 metros
cuadrados; ahí debía caber todo; el bagaje del pasado, el hastío del presente y
la incertidumbre del futuro que pudiera quedar por delante.
Desde
que la casa quedó vacía, parecía otra. Lo era en realidad. Un silencio frío se
había adherido a las paredes, tragándose las voces y las sombras. Me había
convertido en un extraño que invade una intimidad ajena. Los objetos parecían
obstinadamente aferrados a la tristeza, congelados en su silencio, tan
huérfanos como yo mismo. Solo mi habitación la sentía como mía; aquí había sufrido
la soledad antes de percibir su amenaza tras el umbral de la puerta. Éste fue
el único lugar que no sucumbió a la desolación, porque ya no quedaba nada que
se mantuviera en pie. Con mis propias manos eché abajo la pared que separaba el
dormitorio del cuarto de baño, anexionándolo obligatoriamente para habilitar un
espacio donde satisfacerlas más básicas necesidades orgánicas y de higiene. Después
me aseguré de evitar cualquier influencia del exterior; tapié la única ventana
que daba al patio, dejando por toda iluminación, los 100 vatios del sol
artificial que pende solitario del techo. Supongo que ése es el motivo por el
que mi piel tiene este aspecto amarillento, como de enfermo de hospital.
También le hice un hueco al silencio, forrando todas las paredes con una gruesa
capa de corcho.La habitación se había convertido en un gran tablón de anuncios,
sin nada que anunciar. Ya solo quedaba una cosa más de la que prescindir, yo
mismo; minimizar mi propia presencia en este nuevo mundo. Por eso no dejé en el
cuarto ningún espejo, ni superficie pulida que pudiera reflejar mi imagen.Debo
de tener un aspecto extraño con los mechones de pelo cercenados a tijeretazos y
la barba recortada a rodales. Poco a poco voy olvidando mis facciones,
distanciándome de ese rostro que se vuelve irreal a fuerza de ser recordado.
Después
de todo, tengo cuanto necesito:un baño completo, con una taza, un lavabo -y el
cepillo de dientes permanentemente desemparejado- y una bañera en la que paso el tiempo tumbado, contemplando el leve balanceo de mis atributos en el agua. También
hay una cama modesta, una librería con una enciclopedia y los libros que releeré
hasta el fin, una mesa que he de compartir con “La Gioconda”, una silla y el
tocadiscos con una colección más o menos extensa de jazz; no hay armario, porque
toda mi vestimenta se limita a unas cuantas prendas de ropa interior y a un par
de pijamas que alternan mi cuerpo y la cuerda extendida en el baño que hace las
veces de tendedero. Ese espacio lo ocupa un televisor sin antena y un
reproductor de cds donde veo alguna de las películas que he traído conmigo. Las
paredes están casi vacías. Sobre la mesa cuelgan con mutua indiferencia un
reloj y una sola lámina, una cuadro en continuo cambio, en cuyos límites se
esconden miles de historias que esperan ser descubiertas. Es una composición
muy sencilla; a través del amplio cristal de una cafetería se observa a un
camarero afanado en su trabajo, a una pareja sentada en aparente silencio y a
otro cliente de espaldas, a la infinita distancia que media entre las vidas que
jamás entrarán en contacto. Muchos días, en los momentos en que el tiempo
parece detenerse, el misterioso encanto de esa escena ha venido a rescatarme del
hastío, concediéndome nuevas vidas para esos personajes.
Dos calles antes de llegar, ve la rotunda luz iluminando la
esquina. A través de los enormes cristales distingue al camarero que aparece
como una mancha lechosa tras la barra roja. Recorre el local vacío y escoge, de
entre todos los taburetes, el que le permite observar la puerta de entrada.
Pide un americano. El reloj que hay colgado sobre la pared está parado; le
parece un mal augurio. El tintineo de la puerta llama su atención. No es
Martín, sino una mujer pelirroja, con un elegante vestido, demasiado, para un
lugar tan modesto y solitario como aquél. La ve avanzar por el pasillo con paso
firme, mientras el sonido de sus tacones percute cadenciosamente en el
silencio. A pesar de que toda la barra está libre, se sienta a su lado. También
pide un café.Es una mujer muy atractiva, a la que habría invitado a una copa de
mediar otras circunstancias. Faltan cinco minutos para la hora acordada.
Yo mismo me encargo de lavar la poca ropa que uso y
mantener limpia la habitación. Me gusta barrer. Es una labor que puedo realizar
mientras pienso en otras cosas. Al final de la jornada guardo en una caja los
pelos que he ido perdiendo, de los que llevo un exhaustivo recuento. De
todo lo demás se ocupa Ingrid. Fue la primera que se presentó al anuncio del periódico.
Tenía más o menos mi edad, o eso me pareció. Era tímida y poco habladora, pero
su mirada irradiaba una fuerza que me hizo sentir seguro. No mostró ningún
asombro por las condiciones en las que iba a desarrollar su trabajo; me aseguró
que podía estar tranquilo. Traía consigo una pequeña bolsa de mano y me
preguntó si podía instalarse esa misma noche. Ella también estaba rompiendo con
el pasado. Eso terminó por convencerme.
También
aquí hay lugar para el aburrimiento y las horas que se estiran para no terminar
nunca. Ese tiempo se lo dedico a “La Gioconda”; la que se desgrana en tres mil pedazosy
un caos de colores y formas troqueladas. La primera vez que me enfrenté a ese rompecabezas
tuve la extraña premonición de que moriría al terminarlo. Tardé un tiempo en
decidir incrustar la última pieza. Aquel hueco oscuro en la frente llena de
luz, me atraía como un abismo. Me suplicaba con la fealdad de los puzles
incompletos. Cada día jugueteaba con el pequeño fragmento entre mis dedos, acariciando
sus hendiduras y salientes hasta memorizar su contorno, resistiendo el impulso
de echarlo por el retrete. Finalmente, llegó el momento en que me dieron igual
las consecuencias de una acción tan modesta. Estaba preparado para asumir la
muerte; no iba a encontrar un momento mejor, ahora que ésta había decidido
presentarse tras el enigma de la sonrisa más bella; pero nada sucedió. Hubo un
mañana, y a ése siguieron otros, tan vulgarmente parecidos a los anteriores,
que nadie podría haberlos distinguido. “La Gioconda” renació decenas de veces
de las brasas de aquella aprensión para ser una misma y diferente a la vez. En
ocasiones, empiezo por las partes oscuras del vestido, otras, por los pliegues
de las mangas. Las hay en que comienzo desde arriba, a veces desde abajo.
Primero la cara, luego las manos. Es como enfrentarse a una montaña por
distintas vertientes. “La Gioconda” es la excusa perfecta para poner uno de mis
discos. Nunca he sido capaz de escuchar música sin tener la cabeza ocupada en
alguna labor rutinaria que ayude a concentrarme. Cuando tomo asiento sin más
intención que la de escuchar, las espirales de notas se difuminan como una
columna de humo,huyendo para esconderse detrás de los libros, bajo la cama,
perdidas para siempre en los rincones más oscuros, engullidas con sigilo por el
corcho de las paredes. Con la ayuda de “La Gioconda” las siento flotar a
mi alrededor, como pequeños satélites de polvo que acaban sedimentando en mi
memoria. Creo que con la alegría explosiva de Dizzy Gillespie soy capaz de
encajar más piezas. Con Coltrane nunca estoy seguro; con él paso de la sutileza
al caos, del ruido a lo sublime en un solo compás.
Ingrid
cocina para los dos. A mí nunca se me dio bien. Poner tanto esfuerzo en algo
que acabará despedazado, triturado, no tiene sentido. Es bastante buena en eso,
aunque no comparto su especial predilección por las zanahorias. Nunca se lo he
dicho. No me gustaría ofenderla. Es el único precio que tengo que pagar por su
compañía. Tres veces al día, llama puntualmente a la puerta para traerme la
bandeja con la comida, y otras tres veces vuelve a llamar para llevársela. El
resto de las ocasiones nos comunicamos mediante notas. También se ocupa de
comprarme cuadernos y lápices, o cualquier cosa que necesite. Si tiene que
ausentarse por algún motivo, desliza una pequeña cuartilla por debajo de la
puerta, y si tengo que hacerle algún encargo, le dejo un trozo de papel sobre
los platos sucios. Encontrar a Ingrid fue una suerte. Es discreta y silenciosa,
una persona de la que me puedo fiar. Estoy completamente en sus manos. Le he
dado la tarjeta de crédito para que cobre su salario y compre todo lo necesario
para la casa. Vive aquí, en el cuarto que fue de mis padres.Desde el día en que
se instaló no hemos vuelto a hablar, más allá de los saludos de cortesía. Con
los años, ambos nos hemos acostumbrado a un silencio cómplice.Los pocos sonidos
que penetran en la habitación provienen de los trabajos que ella realiza
cotidianamente. Entonces la supongo inclinada sobre la ventana del patio, tendiendo
la ropa con una pinza entre los labios o quedándose absorta en el reflejo de su
propia imagen mientras saca brillo a los espejos. Cuando todo queda en reposo,
la imagino tranquilamente sentada en el sillón de la salita, el más cómodo (renuncié
a él por falta de espacio), tomando un café o leyendo uno de los libros de los
que no he traído conmigo ¿Le molestará encontrar pasajes subrayados? Con el
paso de los años, todo su cuerpo parece rezumar una especie de tranquila
resignación. Siempre he creído que ella será mi espejo, que en el reflejo de su
imagen encontraré la mía. A veces la descubro en un futuro incierto llamando a
mi puerta con el vigor menguado de sus dedos huesudos. Entonces asoma por la
abertura su cabellera encanecida y siento míos los surcos que el tiempo ha
labrado en la comisura de sus labios. Es mi propia piel la que ha abandonado
sus mejillas, la que pende temblorosa en el contorno de su cara. Son míos los
ojos velados por los años que lentamente se apagan en una mirada acuosa.
Hoy escribo de noche. Eso dice
el reloj. El insomnio es mal enemigo. Mañana me espera un amanecer de carne
derrotada y electricidad en los dientes. Mientras tanto, junto palabras.
También queda el sexo, como solución desesperada, como somnífero; no es lo
mismo que en los primeros días, cuando se expandía para ocupar el vacío de una
vida que había quedado atrás. Era una necesidad recurrente. Un antídoto. En mi
cabeza aparecían fragmentadas imágenes del pasado y otras de mi propia
invención: la ansiedad en la mirada, la piel reluciente que sabe a sudor y
perfume, las voces ahogadas en el placer, el calor húmedo en la yema de los
dedos. Recuerdos que se desprendieron de su esencia a fuerza de ser invocados.
Ahora solo queda la actividad terapéutica. Dos veces a la semana, el producto
de los instintos desgastados desaparece en la sombría oscuridad del sumidero,
arrastrado sin remedio por la vertiginosa espiral del efecto Coriolis.
Debemos
de estar ya en diciembre. Le escribiré a Ingrid para que me traiga la manta a
cuadros. Es la más cálida que he tenido nunca. La de años que debe de tener. Ya
la recuerdo de cuando era niño y mi madre la extendía en el suelo para que
jugara sobre ella sin enfriarme. Me encantaba el tacto de esa superficie
mullida, a veces un poco inestable para algunos muñecos. Convertir la manta en el espacio de mis juegos era todo
un acontecimiento; solo sucedía en navidad; en esos días de vacaciones podía
dejar montados los juguetes más aparatosos sin tener que recogerlos al
terminar; el resto del año tenía que conformarme con entretenimientos más
sencillos que no alteraran el orden de la casa. Luego, esas fiestas ya nunca
fueron lo mismo. Incluso las hubo malas, como el año que llamaron a mi madre
del colegio. Todavía no entiendo por qué tanto enfado. Supongo que ella era así, le gustaba tener todo bajo
control. Quizá me excedí llamando borregos a mis compañeros ¿De qué otra manera
podría referirme a ellos? Aquel juego del amigo invisible era una perfecta
estupidez. ¿Qué necesidad tenía yo de devanarme los sesos en buscar un regalo
para alguien que en el mejor de los casos me resultaba indiferente? Después
había que formar parte de aquella escenificación colectiva de ritos heredados,
de sorpresa fingida, de falsa alegría. Qué rechazo me provocaban sus risas. Por
eso me negué a participar. Elegí ser uno, estar al otro lado, frente a mis
cuarenta y dos compañeros, frente al profesor que me miraba con la incredulidad
de quien asiste a un fenómeno absurdo ¿Por
qué no quieres jugar?Porque no soy un borrego. Aquella frase estalló contra
las paredes con el mismo estrépito de un vidrio que se hace añicos, amenazando
con su onda expansiva la imperturbable solidez de reglas que nunca se han
escrito.Fue la primera navidad triste que recuerdo. Hace cada vez más frío.
Sé que una vez Ingrid estuvo a punto de
marcharse. Aún me angustia pensarlo. Fue unos meses después de instalarse,
cuando todavía era incapaz de asimilar la enorme fortuna que había tenido al
dar con ella; comencé a advertir en su aspecto, en la forma que tenía de
moverse y hasta en su respiración, pequeños cambios que me hicieron temer su
marcha.Aquellos días, los ojos le brillaban de una manera que nunca he vuelto a
ver, como si fueran espejos perfectos para cualquier punto de luz. Tenía
dibujada en los labios una sonrisa que no desaparecía ni al final de la
jornada, cuando llamaba a la puerta con cara de cansancio para llevarse los
platos de la cena. A veces liberaba un tenue suspiro mientras esperaba a que le
devolviera la bandeja, creyendo que yo no la oía. En alguna ocasión advertí que
se había pintado las uñas y porlas tardes, se ausentaba de casa con más
frecuencia, dejándome notas explicativas cuya caligrafía parecía mucho más
alegre. Este paréntesis en su vida duró unas pocas semanas. Una noche la
escuché llorar tras la puerta, y desde entonces, sus notas regresaron a su
escueto pragmatismo. Los círculos que coronaban las íes volvieron a desaparecer.
Vivir es aprender a renunciar;
saber que para seguir adelante algunas cosas han de quedar necesariamente atrás.
Hace ocho años que no escucho la lluvia, ni el sonido de mis pasos.Aquí dentro
están callados. El frío contacto de mis pies con el suelo está hecho de
silencio. Apenas un siseo. Eso echo de menos, el vigor de su voz cuando
recorría el camino junto al pueblo, el que no llevaba a ninguna parte; anduve
muchas ocasiones aquella senda, una franja de tierra enmarcada entre dos
horizontes y mi soledad en medio, en el punto equidistante entre dos infinitos.
En aquella distancia, la única certeza
es que de mí no iba a quedar nada; ni los huesos, ni los ojos, ni el suave
relieve de una huella en la arena. ¿Dónde habrá ido a parar el estrépito de los
pasos que ya no estallan al pie de las montañas?
Las
horas que señala el reloj colgado sobre la pared son lo único que todavía
comparto con el exterior. Me gusta ser disciplinado con los horarios. La rutina
ayuda a sobrellevar el paso del tiempo. Todas las mañanas me levanto a las
9:30. Antes lo hacía a las 8:00, pero, a veces, el día se hacía muy largo. La
primera ocupación es tomar un baño con agua tibia, incluso en invierno; ayuda a
estimular la circulación; me parece importante en alguien que lleva una vida
tan sedentaria como yo. A las 10:30 bebo un vaso de café con leche y me pongo a
escribir. Casi siempre historias que invento para los personajes del cuadro.
Últimamente suelen acabar de manera trágica. Otras veces me detengo más en los
detalles e intento descubrir qué es ese pequeño objeto verde, presumiblemente
comestible, que la mujer sentada frente a la barra sostiene en su mano derecha.
La mirada
Por Jose Torres
Hace tres horas que Martín T. espera en la habitación de un hotel, dejando pasar la tarde hasta que la penumbra se impone lentamente sobre la claridad, diluyéndose en el aire como una bruma cenicienta. Sin embargo, son otras tinieblas las que oscurecen sus pensamientos. En todo ese tiempo, Martín T. no ha hecho otra cosa que pensar; sobre todo en su mujer y en lo que va a suceder cuando caiga la noche. Gota a gota, su cabeza destila imágenes que se extienden por su conciencia como un veneno. Ni siquiera sabe si es capaz de controlarlo. Por eso se levanta de la cama y se sitúa frente al espejo. Quiere cerciorarse de que todo el resentimiento que cree desbordarse no ha llegado a la superficie. La luz cenital de la sala proyecta bajo sus cejas dos manchas oscuras que le hacen parecer un cadáver. Tal vez está viendo el futuro. No obstante, más allá de su imagen demacrada, ningún gesto le delata; su rostro se asemeja a una máscara. En vano busca una mínima sombra de duda a la que aferrarse, un cabo que le aleje de todo esto y le permita alcanzar la salvación. Sólo un extraño brillo luce en sus ojos. Nadie puede saber que en esa mirada se concentra todo el odio que ha ido acumulando desde la tarde del “Octaedro”.
Lleva unos minutos sentado en la cama, inmóvil, con el teléfono entre las manos y la voz de su mujer repitiéndose aún como un eco. Le ha sorprendido no hallar en sus propias palabras el más leve rastro de inquietud cuando le ha mentido. Es la primera vez que lo hacía y ha resultado más fácil de lo que esperaba. Marcó el número con tranquilidad, expulsó el aire de sus pulmones y le habló con cariño, en el tono que siempre utiliza con ella. Incluso vio en el espejo cómo se dibujaba en su cara una ligera sonrisa. También puedo ser un hipócrita, ha pensado. Acabo de llegar al hotel. Esa fue la primera mentira. Luego siguió una segunda. La vista es estupenda. Incluso se distinguen las torres de la Sagrada Familia. Para la tercera tuvo que sobreponerse al dolor: Te quiero. La vista desde la habitación es bastante buena. En eso no ha faltado a la verdad. Sin embargo, el gran edificio que domina el paisaje no es una basílica modernista, sino un ojo gigantesco que parece brotar de la tierra para vigilar a los hombres. Martín T. es ajeno a su acecho callado. Lo que realmente atrae su atención es una ventana situada en un edificio cercano. Desde donde se encuentra sólo es un rectángulo iluminado. No necesita más. Sabe perfectamente que lo que se esconde tras ella es su propia habitación.
El tiempo transcurrido en el ficticio viaje, Martín T. lo ha empleado en ir a casa de su padre. Desde que murió no había vuelto. A pesar de los años, todavía huele a él, como si fuera a verlo sentado en su butaca, con la pipa en una mano y aquella mirada llena de desencanto que era mucho más elocuente que sus palabras a medio escupir. El olor penetrante le provoca un profundo malestar; algo físico, como una náusea. Se dirige directamente al despacho. No tiene la menor intención de revisar el resto de las habitaciones. Es una estancia austera. En la estantería, ninguna imagen suya acompaña a las dos fotos de su madre, aún joven. Sobre los muebles se ha acumulado una capa uniforme de polvo. Lo que busca está en el segundo cajón del escritorio, que sigue cerrado, como lo estuvo siempre. En el registro, sus dedos han dejado en el estrato blanquecino una huella acusatoria que le hace revivir la antigua aprensión de ser descubierto, la misma que experimentaba de niño al hurgar a escondidas entre las cosas de su padre. Mientras hace girar la llave en la cerradura, le irrita pensar que aún pueda ejercer esa influencia sobre él ¿Qué pensaría ahora su padre? Tal vez le diría que se marchara, que no tiene el coraje que es necesario, que fracasará. Al deslizar la gaveta, la ve aparecer tal y como la recordaba, como si fuera nueva. Una pistola automática con incrustaciones de nácar en la culata. Siempre se había negado a empuñarla cuando su padre quiso enseñarle a disparar. Fue una decepción más para él. En ese momento en que la sujeta con el cuidado con que se sostiene a un animal pequeño, se siente extraño, como si se estuviera traicionando a sí mismo. Después de meterla en una bolsa, echa un último vistazo. El estrépito de un portazo deja atrás una parte del pasado a la que jamás va a regresar.
Ya es noche cerrada. Las ventanas de su casa permanecen a oscuras. Es muy pronto para que hayan vuelto. Quizá a estas horas estén cenando. A Naima le gusta ir tarde a los sitios. Nunca tiene prisa. Cada vez que salen debe esperar paciente, mientras ella cumple con el ritual de indecisiones al que él asiste fingiendo un leve enfado. A veces, le habría gustado cogerla por la cintura y besarla, y decirle que no irán a ninguna parte, que nunca la ha deseado tanto. Pero en lugar de eso, se queda recostado en el sillón, viéndola posar frente al espejo como hipnotizado, mientras ella va descartando uno a uno los vestidos que saca del armario. La espera siempre merece la pena. Ya no importa salir tarde, ni llegar al restaurante cuando la mayor parte de la gente está terminando de cenar. Después se demoran hablando de cualquier cosa, hasta que se quedan solos, como una par de náufragos. Entonces, ella se ausenta para ir al baño, dejándole desamparado, en compañía de desconocidos, que es la peor de las soledades, rodeado por las patas de las sillas colocadas sobre la mesa, hostilmente erguidas, como un mar de amenazadoras cornamentas. Tal vez con el otro todo sea diferente. No valdría la pena repetir las mismas costumbres, los mismos errores. Quizá Naima se deja llevar, despreocupada. Quizá.
La espera en la habitación se le hace insoportable. Se mira constantemente en el espejo, el objeto que más odia, porque lo enfrenta a sí mismo, a sus limitaciones. Nunca preguntes a un espejo, había escuchado en alguna parte. El que tiene delante responde con crueldad, doblando el número de sus defectos. Su barba encanecida, las entradas cada vez peor disimuladas, le avejentan la cara aquí y en la realidad reflejada. Sin embargo, Naima sigue tan bella como hace unos años. Puede que más. Ha perdido esa ridícula expresión que dan la juventud y el vigor excesivo. Pensar ahora en ella es más de lo que puede soportar. Le gustaría poder borrar aquella mirada, pero sabe que le acompañará mientras viva. Fue la tarde frente al “Octaedro”. Había salido de hacer una visita a un cliente y se topó con sus ojos. Alguien diría que fue el destino. Estaba sentada en el café, con el mentón apoyado en la palma de la mano. Tenía un aire ausente, pero no había en ella ni rastro de la melancolía a la que parecía haberse abandonado las últimas semanas. Era ella, más ella que nunca, plena, feliz. Se quedó observándola un momento, sin atreverse a llamarla por miedo a romper el encanto de ese instante de plenitud. Entonces, unas manos se posaron sobre sus hombros, rescatándola del indefinido lugar que mediaba entre la realidad y sus ojos con un beso en el cuello. Al contacto de aquellos labios ella respondió con una franca sonrisa.. En un acto reflejo, Martín T. dio un par de pasos para esconderse. Se sentía extrañamente avergonzado, como si hubiera sido testigo de una escena a la que no había sido invitado. En el reflejo del cristal tuvo que enfrentarse al espanto de su rostro. Aquella mirada ya lo abarcaba todo. Todo menos a él. Había quedado fuera. Más allá del ventanal de la cafetería sólo existía la náusea.
Necesita salir, caminar, dejar pasar el tiempo hasta que llegue la hora. Al sacar la pistola de la bolsa se da cuenta de que no sabe dónde ponerla. En las películas, tipos más decididos que él la llevan por dentro del pantalón, en un costado o a la espalda. Tras varias pruebas esta alternativa no le convence. Tiene la impresión de que en cualquier momento el arma se deslizará peligrosamente por la pernera. También descarta llevarla en la bolsa, que le parece demasiado grande. Sobre la mesa ve el periódico que le han ofrecido por la calle y decide envolverla en él. La sitúa en el medio de la portada, tapando la foto del enésimo caso de corrupción. Después, dobla las hojas con cuidado. Un par de pliegues. Es todo lo que necesita para dejar preparado un paquete modélicamente rectangular.
Camina sin una idea preconcebida de a dónde va. Le gustaría perderse, que esta ciudad no fuera la suya, no entender los carteles de las fachadas. Estaría bien encontrar un lugar donde el tiempo se detuviera. Quizá en una lavandería 24 horas podría adormecerse con el zumbido de las máquinas mientras ve girar las entrañas vacías de una lavadora. El sueño eterno a cambio de unas monedas. Sin embargo, sus zapatos siguen adelantándose en una carrera absurda. Camina y bracea. Con el movimiento repara en el paquete y se siente ridículo. Llevar por la noche un periódico en la mano es una excentricidad, casi como si hubiera salido a pasear con un loro posado en el hombro. Un diario es un objeto de la mañana. Ése es su tiempo. Ahí tiene sentido. Más tarde es un papel agotado que apenas sirve para envolver alimentos. Martín T. lleva envuelta la muerte.
Al pasar junto a un parque se siente atraído por su silencio. Qué diferente le parece a esta hora, alejado de las voces estridentes y la pegajosa compañía de los desconocidos. La brisa cálida le acerca el rumor de la ciudad. La noche le está concediendo una tregua. Elige de entre todos los bancos el más apartado de la acera, lejos de las miradas de los pocos extraños que aún andan por la calle. Preferiría dejar el paquete a un lado, pero una extraña aprensión le hace sostenerlo con desgana, como quien sujeta un sombrero al que no se encuentra lugar. El busto dedicado a algún personaje preeminente toma forma en la oscuridad cuando la luz de las farolas se filtra a través de las ramas. Desde donde está no puede leer la inscripción. Bien podría ser él mismo aquella cabeza sin vida. Al menos comparte con ella su soledad de estatua. Casi se puede decir que la envidia. Desearía ser de piedra, imperturbable, rodeado de árboles, sin que la vida le toque. Elige entre los chopos que habrían de ser sus centinelas uno cercano, con un gran corazón tallado en la corteza que encierra dos iniciales. Su vista no le permite distinguirlas, aunque un temor inconsciente dibuja en su rostro una sombra de horror. Se acerca a él, con el brazo extendido, como si toda su visión se hubiera concentrado en las yemas de sus dedos. Apenas entra en contacto con la cicatriz, su mano cae lentamente. M y N. El sólido cuerpo del arma le hace darse cuenta de que está retorciendo el periódico. La tregua ha terminado.
De camino a la playa recorre la estrecha acera que rodea la valla del puerto. No había vuelto a pasar por allí desde el día que conoció a Naima. Fue una noche de San Juan. Ella insistió en ver el mar. Todavía la recuerda caminando delante de él por aquel estrecho camino, con sus caderas rotundas balanceándose con el suave vaivén de un péndulo, en cuyo hechizo se sentía atrapado. Ahora la playa está desierta. Con pasos titubeantes se acerca a la orilla, dejando atrás las luces del paseo. Es una noche sin luna. Del mar apenas puede ver la espuma de las olas que lamen la arena. No necesita verlo. Está allí, profundo, inmenso, sabio, agazapado en la oscuridad. Lo oye hablar como en una plegaria, susurrándole al oído un nombre que mecen las olas, una, diez, cien veces, hasta quedar exhausto. La brisa trae un suave perfume salado y el lejano resplandor de las hogueras. Ya no queda tiempo. Debe dar la vuelta, alejarse de allí, impedir que un impulso le obligue a tirar el paquete a la negra garganta del mar.
En su vuelta a la ciudad, se siente atraído por las luces que rompen la noche. Se cree desquiciado. La brisa le habla de ella. Todo lo ocupa su nombre, las avenidas sin gente, el estadio en silencio y la plaza desierta. La busca en las calles vacías donde la ve caminar abrazada a fantasmas que no tienen rostro. Es la noche más larga. Se siente agotado. Sin fuerzas. Tiene que apoyarse en la pared para no desplomarse. Ni si quiera es consciente de la mirada llena de desprecio que una pareja le dedica al pasar a su lado. Necesita un lugar para reponerse. En una calle estrecha y maloliente, le llama la atención el destello azulado de un neón. El encuentro. Es un local pequeño bañado por una luz roja. Sólo hay dos tipos. Uno es el camarero que limpia vasos detrás del mostrador. El otro es un cliente, sentado en un taburete con los brazos apoyados en la barra sobre los que descansa el mentón. Parecen estar escuchando la música. Si no recuerda mal es Miles Davis.
-Un Jack Daniel’s. Y deje la botella.
Se había prometido no beber. No quería que le temblara el pulso al empuñar la pistola. Debía mantenerse sereno, sin que nada pudiera alterar su conciencia cuando apretara el gatillo y las detonaciones de los disparos silenciaran para siempre las súplicas. No ignoraba que se estaba engañando a sí mismo. Las mentiras que uno se cuenta suelen ser las peores. Era consciente que le faltaría determinación para seguir adelante sin la ayuda del alcohol. Sabía que era un cobarde. Debía beber hasta aturdirse. Dejar de ser él. Sólo así podría sujetar la pistola, introducirla en su boca y descerrajarse la última bala.
Toma la copa de un trago, sin paladear. El bourbon le quema la garganta. En pocos minutos repite la operación varias veces. Sus movimientos son cada vez más torpes. A su alrededor todo parece suceder a cámara lenta. El alcohol comienza a hacerle efecto. Experimenta la extraña sensación de que el cerebro flota en su cabeza. Su compañero de barra no se ha movido. Un trazo rojo dibuja su silueta encorvada. Ahora se siente con más valor. Ya nada le impide dejar su taburete y dirigirse al de su vecino.
-¿Puedo invitarte a una copa?
El tipo encorvado no se inmuta.
-Sirve otra copa de lo mismo –dice señalando el vaso vacío del tipo inmóvil-.
-Es buena esta música. Ya no hay sitios como éste, donde te dejen escuchar.
El espejo tras las botellas le devuelve una imagen deformada.
-Mi mujer se llama Naima, como la canción de Coltrane. Eso es lo primero que me gustó de ella. Y ahora …..
Las manos han empezado a sudarle. El tacto del periódico húmedo le asquea. El vaso de bourbon vuelve a quedarse vacío. Se ha quedado colgando en un pensamiento incómodo. El silencio le abrasa.
-¿Crees en el destino? Yo sí. El tipo encorvado levanta el vaso para beber un trago y vuelve a su posición. Tú crees que he elegido estar aquí sentado, bebiendo, pero no. Yo sé que todo en mi vida me ha llevado a este vaso de bourbon y a este paquete.
Con torpeza pone el periódico sobre la barra y lo despliega hasta descubrir la pistola. La luz del local tiñe premonitoriamente el cañón de rojo. Solo quiero acabar con esta náusea. Con la última palabra le sobreviene una profunda arcada. Tambaleándose se dirige hacia el baño, tirando en su carrera un par de taburetes. Su compañero de barra permanece imperturbable.
En la pila vomita todo el alcohol que no ha podido digerir, dejándole un sabor amargo en la boca y la garganta irritada. Tras un par de escupitajos, intenta levantar la cabeza que le pesa como si fuera de plomo. A medio camino se topa con el pequeño espejo colgado sobre el lavabo. El maldito objeto sigue haciendo su trabajo. El tipo de la realidad reflejada está tan borracho y derrotado como él. Su aspecto es igual de repugnante. En su imagen advierte el mismo espanto que deformó su rostro frente a la ventana del “Octaedro”.
Con movimiento perezoso, recoge los dos taburetes que había hecho caer y deja sobre la barra un par de billetes arrugados. Cuando ya está en la puerta escucha por primera vez la voz del tipo encorvado.
-Entonces, todo está escrito, ¿no?
Con un torpe gesto de borracho asiente con la cabeza.
-En ese caso, es mejor que no te olvides la pistola.
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