junio 11, 2015

El anacoreta


Por Jose Torres 

Las líneas que ahora escribo son el inicio de lo que el tiempo ha de convertir en mi diario de vida. Bien ha de saber el posible lector de estas notas, que no me empuja a su redacción ningún afán exhibicionista, pues hace mucho tiempo que renuncié a atender las opiniones del mundo. Son las especiales condiciones en que transcurre mi existencia,las que me aconsejan dejar testimonio del devenir de mis días. No habrá orden. Escribo desde el caos. Estas páginas serán mi testamento,el que ha de borrar cualquier rastro de duda sobre la persona que me acompaña si la muerte me sobreviene de manera inesperada.
No es mi propósito hacer aquí un relato pormenorizado delas circunstancias vitales que me llevaron a tomar la decisión de vivir apartado de la sociedad, en el espacio que delimitan las cuatro paredes de esta habitación. No fue más que el proceso natural de los acontecimientos. Hacía mucho tiempo que me venía yendo, que todo me empujaba en esta dirección. Un día desperté y la vida me obligó a enfrentarme a la imagen que devolvía el espejo. Había demorado ese momento tanto como pude, consciente de lo que aquella visión podía depararme. Primero eché mano de las medias verdades, después de las mentiras, no importaba lo grotescas que pudieran llegar a ser, mientras me permitieran seguir eludiendo el reflejo de mi propia realidad, aferrado a la vaga esperanza de que el destino me tuviera reservado un futuro más prometedor. Jamás sucedió. Todos mis miedos, los más insignificantes y los más profundos se materializaron en aquella imagen devastada, apabullantemente mediocre, soberbiamente vacía, sólida en apariencia, pero condenada sin remedio a la ruina, como las casas viejas que apenas mantienen en pie unas vigas de madera devoradas por la podredumbre. Cuando tomé conciencia de la sordidez de mis limitaciones, simplemente, me aparté. No hubo lucha, porque no había salvación; es imposible escapar de uno mismo. Había nacido así, como mi peor enemigo, confundiendo las más de las veces el papel de víctima y el de verdugo. Vivía, pensaba, existía a contracorriente, sin tregua, sin importar qué o quién tuviera delante, tenaz y suicidamente en el lado de a los que siempre les toca perder. Quizá todo acabó de estropearse la tarde en que los cuerpos encorvados luchaban contra el viento. Buscaba una dirección, perdido en las calles de una ciudad que nunca fue mía. Entonces algo se quebró contra el desprecio en los ojos de una desconocida, haciéndose añicos bajo el peso de su brazo que alejaba mis dedos como si estuvieran consumidos por la lepra.Sucedió después de la muerte de mis padres; para entonces ya no había testigos, nadie a quien pudiera importar las consecuencias de mis actos.El mundo quedó reducido a 30 metros cuadrados; ahí debía caber todo; el bagaje del pasado, el hastío del presente y la incertidumbre del futuro que pudiera quedar por delante.

Desde que la casa quedó vacía, parecía otra. Lo era en realidad. Un silencio frío se había adherido a las paredes, tragándose las voces y las sombras. Me había convertido en un extraño que invade una intimidad ajena. Los objetos parecían obstinadamente aferrados a la tristeza, congelados en su silencio, tan huérfanos como yo mismo. Solo mi habitación la sentía como mía; aquí había sufrido la soledad antes de percibir su amenaza tras el umbral de la puerta. Éste fue el único lugar que no sucumbió a la desolación, porque ya no quedaba nada que se mantuviera en pie. Con mis propias manos eché abajo la pared que separaba el dormitorio del cuarto de baño, anexionándolo obligatoriamente para habilitar un espacio donde satisfacerlas más básicas necesidades orgánicas y de higiene. Después me aseguré de evitar cualquier influencia del exterior; tapié la única ventana que daba al patio, dejando por toda iluminación, los 100 vatios del sol artificial que pende solitario del techo. Supongo que ése es el motivo por el que mi piel tiene este aspecto amarillento, como de enfermo de hospital. También le hice un hueco al silencio, forrando todas las paredes con una gruesa capa de corcho.La habitación se había convertido en un gran tablón de anuncios, sin nada que anunciar. Ya solo quedaba una cosa más de la que prescindir, yo mismo; minimizar mi propia presencia en este nuevo mundo. Por eso no dejé en el cuarto ningún espejo, ni superficie pulida que pudiera reflejar mi imagen.Debo de tener un aspecto extraño con los mechones de pelo cercenados a tijeretazos y la barba recortada a rodales. Poco a poco voy olvidando mis facciones, distanciándome de ese rostro que se vuelve irreal a fuerza de ser recordado.

Después de todo, tengo cuanto necesito:un baño completo, con una taza, un lavabo -y el cepillo de dientes permanentemente desemparejado- y una bañera en la que paso el tiempo tumbado, contemplando el leve balanceo de mis atributos en el agua. También hay una cama modesta, una librería con una enciclopedia y los libros que releeré hasta el fin, una mesa que he de compartir con “La Gioconda”, una silla y el tocadiscos con una colección más o menos extensa de jazz; no hay armario, porque toda mi vestimenta se limita a unas cuantas prendas de ropa interior y a un par de pijamas que alternan mi cuerpo y la cuerda extendida en el baño que hace las veces de tendedero. Ese espacio lo ocupa un televisor sin antena y un reproductor de cds donde veo alguna de las películas que he traído conmigo. Las paredes están casi vacías. Sobre la mesa cuelgan con mutua indiferencia un reloj y una sola lámina, una cuadro en continuo cambio, en cuyos límites se esconden miles de historias que esperan ser descubiertas. Es una composición muy sencilla; a través del amplio cristal de una cafetería se observa a un camarero afanado en su trabajo, a una pareja sentada en aparente silencio y a otro cliente de espaldas, a la infinita distancia que media entre las vidas que jamás entrarán en contacto. Muchos días, en los momentos en que el tiempo parece detenerse, el misterioso encanto de esa escena ha venido a rescatarme del hastío, concediéndome nuevas vidas para esos personajes.
Dos calles antes de llegar, ve la rotunda luz iluminando la esquina. A través de los enormes cristales distingue al camarero que aparece como una mancha lechosa tras la barra roja. Recorre el local vacío y escoge, de entre todos los taburetes, el que le permite observar la puerta de entrada. Pide un americano. El reloj que hay colgado sobre la pared está parado; le parece un mal augurio. El tintineo de la puerta llama su atención. No es Martín, sino una mujer pelirroja, con un elegante vestido, demasiado, para un lugar tan modesto y solitario como aquél. La ve avanzar por el pasillo con paso firme, mientras el sonido de sus tacones percute cadenciosamente en el silencio. A pesar de que toda la barra está libre, se sienta a su lado. También pide un café.Es una mujer muy atractiva, a la que habría invitado a una copa de mediar otras circunstancias. Faltan cinco minutos para la hora acordada.
Yo mismo me encargo de lavar la poca ropa que uso y mantener limpia la habitación. Me gusta barrer. Es una labor que puedo realizar mientras pienso en otras cosas. Al final de la jornada guardo en una caja los pelos que he ido perdiendo, de los que llevo un exhaustivo recuento. De todo lo demás se ocupa Ingrid. Fue la primera que se presentó al anuncio del periódico. Tenía más o menos mi edad, o eso me pareció. Era tímida y poco habladora, pero su mirada irradiaba una fuerza que me hizo sentir seguro. No mostró ningún asombro por las condiciones en las que iba a desarrollar su trabajo; me aseguró que podía estar tranquilo. Traía consigo una pequeña bolsa de mano y me preguntó si podía instalarse esa misma noche. Ella también estaba rompiendo con el pasado. Eso terminó por convencerme.

También aquí hay lugar para el aburrimiento y las horas que se estiran para no terminar nunca. Ese tiempo se lo dedico a “La Gioconda”; la que se desgrana en tres mil pedazosy un caos de colores y formas troqueladas. La primera vez que me enfrenté a ese rompecabezas tuve la extraña premonición de que moriría al terminarlo. Tardé un tiempo en decidir incrustar la última pieza. Aquel hueco oscuro en la frente llena de luz, me atraía como un abismo. Me suplicaba con la fealdad de los puzles incompletos. Cada día jugueteaba con el pequeño fragmento entre mis dedos, acariciando sus hendiduras y salientes hasta memorizar su contorno, resistiendo el impulso de echarlo por el retrete. Finalmente, llegó el momento en que me dieron igual las consecuencias de una acción tan modesta. Estaba preparado para asumir la muerte; no iba a encontrar un momento mejor, ahora que ésta había decidido presentarse tras el enigma de la sonrisa más bella; pero nada sucedió. Hubo un mañana, y a ése siguieron otros, tan vulgarmente parecidos a los anteriores, que nadie podría haberlos distinguido. “La Gioconda” renació decenas de veces de las brasas de aquella aprensión para ser una misma y diferente a la vez. En ocasiones, empiezo por las partes oscuras del vestido, otras, por los pliegues de las mangas. Las hay en que comienzo desde arriba, a veces desde abajo. Primero la cara, luego las manos. Es como enfrentarse a una montaña por distintas vertientes. “La Gioconda” es la excusa perfecta para poner uno de mis discos. Nunca he sido capaz de escuchar música sin tener la cabeza ocupada en alguna labor rutinaria que ayude a concentrarme. Cuando tomo asiento sin más intención que la de escuchar, las espirales de notas se difuminan como una columna de humo,huyendo para esconderse detrás de los libros, bajo la cama, perdidas para siempre en los rincones más oscuros, engullidas con sigilo por el corcho de las paredes. Con la ayuda de “La Gioconda” las siento flotar a mi alrededor, como pequeños satélites de polvo que acaban sedimentando en mi memoria. Creo que con la alegría explosiva de Dizzy Gillespie soy capaz de encajar más piezas. Con Coltrane nunca estoy seguro; con él paso de la sutileza al caos, del ruido a lo sublime en un solo compás.

Ingrid cocina para los dos. A mí nunca se me dio bien. Poner tanto esfuerzo en algo que acabará despedazado, triturado, no tiene sentido. Es bastante buena en eso, aunque no comparto su especial predilección por las zanahorias. Nunca se lo he dicho. No me gustaría ofenderla. Es el único precio que tengo que pagar por su compañía. Tres veces al día, llama puntualmente a la puerta para traerme la bandeja con la comida, y otras tres veces vuelve a llamar para llevársela. El resto de las ocasiones nos comunicamos mediante notas. También se ocupa de comprarme cuadernos y lápices, o cualquier cosa que necesite. Si tiene que ausentarse por algún motivo, desliza una pequeña cuartilla por debajo de la puerta, y si tengo que hacerle algún encargo, le dejo un trozo de papel sobre los platos sucios. Encontrar a Ingrid fue una suerte. Es discreta y silenciosa, una persona de la que me puedo fiar. Estoy completamente en sus manos. Le he dado la tarjeta de crédito para que cobre su salario y compre todo lo necesario para la casa. Vive aquí, en el cuarto que fue de mis padres.Desde el día en que se instaló no hemos vuelto a hablar, más allá de los saludos de cortesía. Con los años, ambos nos hemos acostumbrado a un silencio cómplice.Los pocos sonidos que penetran en la habitación provienen de los trabajos que ella realiza cotidianamente. Entonces la supongo inclinada sobre la ventana del patio, tendiendo la ropa con una pinza entre los labios o quedándose absorta en el reflejo de su propia imagen mientras saca brillo a los espejos. Cuando todo queda en reposo, la imagino tranquilamente sentada en el sillón de la salita, el más cómodo (renuncié a él por falta de espacio), tomando un café o leyendo uno de los libros de los que no he traído conmigo ¿Le molestará encontrar pasajes subrayados? Con el paso de los años, todo su cuerpo parece rezumar una especie de tranquila resignación. Siempre he creído que ella será mi espejo, que en el reflejo de su imagen encontraré la mía. A veces la descubro en un futuro incierto llamando a mi puerta con el vigor menguado de sus dedos huesudos. Entonces asoma por la abertura su cabellera encanecida y siento míos los surcos que el tiempo ha labrado en la comisura de sus labios. Es mi propia piel la que ha abandonado sus mejillas, la que pende temblorosa en el contorno de su cara. Son míos los ojos velados por los años que lentamente se apagan en una mirada acuosa.

Hoy escribo de noche. Eso dice el reloj. El insomnio es mal enemigo. Mañana me espera un amanecer de carne derrotada y electricidad en los dientes. Mientras tanto, junto palabras. También queda el sexo, como solución desesperada, como somnífero; no es lo mismo que en los primeros días, cuando se expandía para ocupar el vacío de una vida que había quedado atrás. Era una necesidad recurrente. Un antídoto. En mi cabeza aparecían fragmentadas imágenes del pasado y otras de mi propia invención: la ansiedad en la mirada, la piel reluciente que sabe a sudor y perfume, las voces ahogadas en el placer, el calor húmedo en la yema de los dedos. Recuerdos que se desprendieron de su esencia a fuerza de ser invocados. Ahora solo queda la actividad terapéutica. Dos veces a la semana, el producto de los instintos desgastados desaparece en la sombría oscuridad del sumidero, arrastrado sin remedio por la vertiginosa espiral del efecto Coriolis.

Debemos de estar ya en diciembre. Le escribiré a Ingrid para que me traiga la manta a cuadros. Es la más cálida que he tenido nunca. La de años que debe de tener. Ya la recuerdo de cuando era niño y mi madre la extendía en el suelo para que jugara sobre ella sin enfriarme. Me encantaba el tacto de esa superficie mullida, a veces un poco inestable para algunos muñecos. Convertir  la manta en el espacio de mis juegos era todo un acontecimiento; solo sucedía en navidad; en esos días de vacaciones podía dejar montados los juguetes más aparatosos sin tener que recogerlos al terminar; el resto del año tenía que conformarme con entretenimientos más sencillos que no alteraran el orden de la casa. Luego, esas fiestas ya nunca fueron lo mismo. Incluso las hubo malas, como el año que llamaron a mi madre del colegio. Todavía no entiendo por qué tanto enfado. Supongo que  ella era así, le gustaba tener todo bajo control. Quizá me excedí llamando borregos a mis compañeros ¿De qué otra manera podría referirme a ellos? Aquel juego del amigo invisible era una perfecta estupidez. ¿Qué necesidad tenía yo de devanarme los sesos en buscar un regalo para alguien que en el mejor de los casos me resultaba indiferente? Después había que formar parte de aquella escenificación colectiva de ritos heredados, de sorpresa fingida, de falsa alegría. Qué rechazo me provocaban sus risas. Por eso me negué a participar. Elegí ser uno, estar al otro lado, frente a mis cuarenta y dos compañeros, frente al profesor que me miraba con la incredulidad de quien asiste a un fenómeno absurdo ¿Por qué no quieres jugar?Porque no soy un borrego. Aquella frase estalló contra las paredes con el mismo estrépito de un vidrio que se hace añicos, amenazando con su onda expansiva la imperturbable solidez de reglas que nunca se han escrito.Fue la primera navidad triste que recuerdo. Hace cada vez más frío.

Sé que una vez Ingrid estuvo a punto de marcharse. Aún me angustia pensarlo. Fue unos meses después de instalarse, cuando todavía era incapaz de asimilar la enorme fortuna que había tenido al dar con ella; comencé a advertir en su aspecto, en la forma que tenía de moverse y hasta en su respiración, pequeños cambios que me hicieron temer su marcha.Aquellos días, los ojos le brillaban de una manera que nunca he vuelto a ver, como si fueran espejos perfectos para cualquier punto de luz. Tenía dibujada en los labios una sonrisa que no desaparecía ni al final de la jornada, cuando llamaba a la puerta con cara de cansancio para llevarse los platos de la cena. A veces liberaba un tenue suspiro mientras esperaba a que le devolviera la bandeja, creyendo que yo no la oía. En alguna ocasión advertí que se había pintado las uñas y porlas tardes, se ausentaba de casa con más frecuencia, dejándome notas explicativas cuya caligrafía parecía mucho más alegre. Este paréntesis en su vida duró unas pocas semanas. Una noche la escuché llorar tras la puerta, y desde entonces, sus notas regresaron a su escueto pragmatismo. Los círculos que coronaban las íes volvieron a desaparecer.

Vivir es aprender a renunciar; saber que para seguir adelante algunas cosas han de quedar necesariamente atrás. Hace ocho años que no escucho la lluvia, ni el sonido de mis pasos.Aquí dentro están callados. El frío contacto de mis pies con el suelo está hecho de silencio. Apenas un siseo. Eso echo de menos, el vigor de su voz cuando recorría el camino junto al pueblo, el que no llevaba a ninguna parte; anduve muchas ocasiones aquella senda, una franja de tierra enmarcada entre dos horizontes y mi soledad en medio, en el punto equidistante entre dos infinitos. En aquella  distancia, la única certeza es que de mí no iba a quedar nada; ni los huesos, ni los ojos, ni el suave relieve de una huella en la arena. ¿Dónde habrá ido a parar el estrépito de los pasos que ya no estallan al pie de las montañas?

Las horas que señala el reloj colgado sobre la pared son lo único que todavía comparto con el exterior. Me gusta ser disciplinado con los horarios. La rutina ayuda a sobrellevar el paso del tiempo. Todas las mañanas me levanto a las 9:30. Antes lo hacía a las 8:00, pero, a veces, el día se hacía muy largo. La primera ocupación es tomar un baño con agua tibia, incluso en invierno; ayuda a estimular la circulación; me parece importante en alguien que lleva una vida tan sedentaria como yo. A las 10:30 bebo un vaso de café con leche y me pongo a escribir. Casi siempre historias que invento para los personajes del cuadro. Últimamente suelen acabar de manera trágica. Otras veces me detengo más en los detalles e intento descubrir qué es ese pequeño objeto verde, presumiblemente comestible, que la mujer sentada frente a la barra sostiene en su mano derecha.
-¿Y ahora qué?

-Todo se ha acabado.

La mujer vuelve a inclinarse sobre el bolso y extrae un pequeño sobre verde.

-Puedes obligarnos a llevarte con nosotros a la fuerza. Eso sería muy desagradable.

-¿Y cuál es la otra opción?

-La otra opción es que te tomes tranquilamente el café. Nada más. Antes le habremos echado el contenido de este sobre. En un par de minutos caerás en un sueño profundo del que no despertarás.

Da otra larga calada.

-Si tengo que morir bebiendo, prefiero que mi último trago sea un whisky.

-No hay inconveniente.

-Camarero, un Jack Daniel’s doble.

Los polvos de aquel sobre verde no han cambiado el color ambarino del whisky, ni su característico sabor a madera. Lo bebe en dos tragos, sin darse demasiado tiempo a paladear. Poco a poco, le envuelve un sopor espeso, como una borrachera. El aire parece volverse denso y las imágenes comienzan a desenfocarse, perdiendo su contorno. El cuerpo le pesa. Apenas puede mantenerse erguido. Apoya los brazos sobre la barra, dejando caer la cabeza sobre ellos. Lentamente, los sonidos se van apagando y todo se diluye en una profunda oscuridad.
En estas ocupaciones se me va el tiempo hasta la hora de comer. Una dieta frugal, de carnes a la plancha, pescado, fruta y verduras. Mi escasa actividad física no me permite excesos alimentarios. He de cuidar la salud. Cualquier eventual enfermedad me dejaría expuesto a la visita de un médico, y quién sabe a qué peligrosas ideas sobre mi vida aquí. Después de comer, leo alguno de los libros que tengo conmigo. A veces escojo uno al azar y comienzo la lectura por la página donde queda abierto. “Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres”.Esta práctica la alterno con la entretenida lectura de la enciclopedia. “Iterbio: elemento químico, tiene símbolo Yb, número atómico 70, masa atómica 173, 04. Fue descubierto por Marignac en 1878”. Por las noches, veo una película. Si estoy bajo de humor “Cantando bajo la lluvia” o cualquier otro musical; Ozu para las noches melancólicas, Hitchcock para las calurosas y Ford…..Ford en cualquier momento.

Esta noche he sentido un ligero hormigueo en los brazos, como un prurito. Creo que debe de haber sido por el cambio de gel. Ingrid trajo una marca que nunca había usado. Puede que la falta de sol me haya sensibilizado la piel. No sería extraño que una ligera diferencia de pH me provoque esta pequeña reacción. Mañana le escribiré para que compre el de siempre.

Siempre me gustó mirar las nubes.Me estremecían los caprichosos prodigios de la luz coloreando sus vientres algodonosos, nacidos a borbotones, modelados imperceptiblemente con un soplo de brisa para descubrir nuevas formas que se asemejaban a una cara, a un animal extraño o a cualquier cosa que se pueda componer con la imaginación. En este mundo en miniatura todo sucede al revés. No hay que dirigir los ojos hacia arriba, sino hacia abajo, a las manchas de las baldosas. Si te quedas observándolas el tiempo suficiente, los fragmentos oscuros que flotan sobre la claridad del fondo,se convierten en ojos desorbitados, en bocas horriblemente abiertas, en lenguas afiladas como espadas. Después, me gusta dibujarlas y almacenarlas en una carpeta. Advierto con curiosidad que los resultados son cada vez más siniestros.

Ingrid sigue preocupándome. Lleva unas cuantas noches acostándose tarde. La escucho de arriba a abajo, andando y desandando el pasillo al otro lado de la puerta. Mi situación tampoco mejora. La comezón de los brazos no remite. Incluso va a más. Ahora han empezado a picarme también las piernas. Después de todo, la causa no era el jabón. Quizá estoy empezando a desarrollar algún tipo de alergia. La habitación está poco ventilada. Debería renovar la ropa de cama y los pijamas;  están ya muy desgastados. No debe de ser bueno utilizarlos tanto tiempo. Le escribiré a Ingrid para que compre unos nuevos.

¿Qué habrá sido de N? Supongo que llevará una vida feliz y tranquila, lo único que no podía ofrecerle. Lo último que supe de ella, es que se había casado. Cada vez me cuesta más tener una imagen nítida de aquellos días. Ya no sé qué hay de real en mis recuerdos. Empiezo a confundir las fechas y los lugares. Todo lo envuelve una niebla que se hace más y más densa. Me pregunto muchas veces cómo sería mi vida de haber seguido con ella. Quizá nada habría cambiado. ¿Acaso no aceleré un proceso que era irreversible? No importa qué camino he decidido seguir, es intrascendente que deje uno para tomar otro, siempre me acompaña la sensación de andar bordeando un precipicio, con paso inseguro, sin querer asomarme al borde, no tanto por el miedo a caer, sino por no estar seguro de poder renunciar al impulso de lanzarme al abismo. Es posible que mi destino siempre haya estado unido a las cuatro paredes de este cuarto.

Esta noche he tenido un sueño extraño. Generalmente soy incapaz de recordarlos, pero éste lo seguía sintiendo palpitar en mi cabeza al despertarme; una ensoñación pandémica podría llamarse, en la que el prurito que vengo padeciendo se extendía por todos los continentes como una mancha de aceite, saltando cordilleras y cruzando océanos hasta afectar a los lugares más remotos del planeta. Nada parecía contenerlo. El mal avanzaba como una oleada implacable.

Si un trastorno como ése se extendiera por la tierra, el ser humano volvería a demostrar su capacidad de adaptación. Lo ha hecho siempre, incluso a las situaciones más trágicas. No faltaría quien viese en él la mano de Dios, enviando sobre sus criaturas una nueva plaga. Me gustaría pensar que ni siquiera estos profetas podrían escapar a los picores. Cuando la medicina convencional se mostrara incapaz de proporcionar una solución al problema, surgirían remedios alternativos: brebajes, píldoras milagrosas, emplastos, pociones, cremas, potingues, ejercicios, acupuntura, psicoterapia, hipnotismo, sacrificio de animales, rezos, peregrinaciones e incluso una secta que ofrecería la inmolación de víctimas propiciatorias.Los años pasarían. Poco a poco, la gente se acostumbraría a la nueva situación. Ya no le extrañaría a nadie ver a los demás contorsionándose ridículamente hasta alcanzar el trozo de piel donde el prurito fuera más intenso. Todo empezaría a verse con la naturalidad de un proceso fisiológico, como quien asiste a un simple parpadeo o a un estornudo. En todas las ciudades, las calles se llenarían de postes donde poder aliviar la comezón de la espalda. Muchos aprovecharían la coyuntura para hacer negocio;  prosperarían las fábricas de palos rascadores. Los modelos se multiplicarían; existiría un rascador para cada persona. Abarcarían todo el espectro de la moda, del modesto plástico a la elegante plata, de la sofisticación del ébano, al vinilo postmoderno; los podríamos personalizar, escogiendo el tamaño y la forma, todo ello con una inmensa paleta de colores; se popularizaría llevar el nombre escrito en él. También se harían un hueco en el mercado los guantes especiales para evitar los arañazos (en todos los colores) y los avanzados rascadores automáticos –quizá llevarían el teléfono incorporado-. Algunas cosas ya nunca serían iguales. Las personas ya no se saludarían con un beso o dándose la mano, sino que lo harían rascándose mutuamente los brazos. Por lo demás, la vida seguiría su curso.Los profesores regresarían a la universidad y los sacerdotes al púlpito, los abogados defenderían sus casos en el estrado, y los actores se enfrentarían al público para volver a ser Hamlet. Nacerían nuevos individuos, que se rascarían desde el primer hálito, guiados por el instinto. Solo unos pocos hombres y mujeres, los más ancianos, recordarían que existió un mundo en que el ser humano vivía sin contorsionarse por el picor. Cada vez les resultaría más difícil encontrar a alguien que escuchase sus historias, que como su memoria, irían diluyéndose lentamente en la bruma del tiempo.

Esta extraña comezón va en aumento. Ahora ya afecta a todo el cuerpo. En las noches se hace especialmente intenso, cuando no hay nada más en que pensar; la oscuridad, el tic-tac del reloj y este desagradable prurito. Anoche apenas pude dormir. Ingrid también estuvo levantada. Durante un buen rato vi luz por debajo de la puerta y la sombra de sus pies pasando por delante una y otra vez, como un animal enjaulado.

Quizá esta incertidumbre sobre lo que le sucede a Ingrid es lo que me provoca esta reacción en la piel. Reconozco que su marcha me pondría en una situación difícil. No digo que fuera fácil encontrar a otra persona que se hiciera cargo de los trabajos de la casa, pero es casi imposible dar con alguien como ella, con unas cualidades tan necesarias para mí, tan apropiadas para conseguir el grado de complicidad del que ahora disfrutamos.

Esta mañana Ingrid no ha traído el desayuno. Tampoco la comida. La casa está en completo silencio. Nunca había ocurrido algo así. Tiene que haberle sucedido algo.Puede que esté inconsciente. En estos años nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera suceder una cosa como ésta. Nadie está a salvo de un accidente, de un mal paso, de un tropiezo. En todas partes, la gente enferma, sufre ataques, se desmaya.

Es la hora de cenar e Ingrid tampoco ha dado señales de vida. Quizá se ha marchado. Sin avisar ¿Por qué haría una cosa así? Es cierto que tiene la tarjeta, que podría llevárselo todo y desaparecer. No, imposible, ella nunca haría algo así¿Y si la están obligando? Puede que alguien la haya forzado a actuar contra su voluntad. Eso es una idea disparatada¿Cómo iba ella a verse envuelta en un asunto tan turbio, si apenas sale de casa? Empiezo a tener mucha hambre.

Ingrid se marchó hace dos noches. Por debajo de la puerta había deslizado una nota que quedó oculta bajo la mesa. Hasta esta mañana no la he descubierto. El mensaje es escueto, escrito con una caligrafía nerviosa: “Lo siento, tengo que marcharme”. No hay más explicaciones. Ni siquiera sé si esta situación es definitiva. Puede que vuelva. Quizá no. He de reconocer que todo esto me angustia. Cuando su comportamiento empezó a cambiar, debí haberle preguntado. Además este picor ya es insoportable. Debe de estar sucediéndome algo.Solo encuentro un poco de alivio quitándome la ropa de encima, pero lo primero es poner remedio a la marcha de Ingrid.

Después de ocho años he salido de la habitación. Lo más urgente era la comida. La nevera está llena; eso me da unos días de margen. Confío en que la marcha de Ingrid no sea definitiva. Agotaré los recursos antes de buscar otras alternativas. Tampoco tengo muchas más opciones, ya que estoy incomunicado; desde que entré en la habitación renuncié a todo contacto con el exterior. Ella sí tenía teléfono. Alguna vez la escuché hablar. Para pedir ayuda debería salir fuera de casa. Espero que antes de que suceda eso Ingrid esté de vuelta. No es posible que me haya dejado solo sin más explicaciones. Tiene que haber ocurrido algo muy grave. En cuanto lo solucione, volverá.

Voy a darme un baño de agua tibia. Todo esto me tiene desquiciado y el prurito es cada vez peor. Me pasó el tiempo desnudo, con la piel enrojecida de rascarme tanto. Solo los baños me calman, aunque sea momentáneamente. Ya no puedo leer, ni escribir, ni ver películas. Todo lo ocupa este condenado picor.

Salvo mi incursión en la cocina, todavía no he registrado el resto de la casa. Estar fuera de la habitación me pone nervioso; debo decidirme a echar un vistazo. Quizá encuentre alguna pista de lo que le sucedió a Ingrid.

He descubierto que su habitación huele de una manera especial, una fragancia que nunca percibí en ella. No sabría determinar con exactitud a qué flor o fruto pertenece esta esencia. Es fresca y agradable, discreta, pero persistente. Creo que define muy bien a Ingrid. Más allá del aroma todo parecía en orden. La cama estaba hecha y cada cosa ocupaba su sitio, excepto un vestido arrugado en el suelo, y junto a él, la ropa interior. Sin duda salió con prisas. Ni siquiera le dio tiempo a recoger las prendas que se había cambiado. Al abrir el armario lo he encontrado lleno de ropa. Ya no sé qué pensar. Desde luego se fue apresuradamente; quizá no tuvo ocasión de llevarse sus vestidos. Puede, también, que los haya dejado a propósito; que tenga pensado volver.

En el baño había bastante desorden. Sobre el lavabo he encontrado varios frascos y botellas de lo más variopinto: polvos de talco, manzanilla, avena, crema de aloe vera, aceite de oliva, bicarbonato y arcilla verde. En la bañera flotaba sobre el agua una pasta que parecía avena. Me pregunto si este desorden es fruto de las circunstancias que le llevaron a marcharse, o si siempre ha sido así. Desde luego, no encaja con la imagen que a lo largo de estos años me he hecho de ella. Imaginaba una casa en perfecto orden, en el que cada objeto relucía inmaculado en su lugar, el suyo propio, el único posible. Esa idea me hacía sentir tranquilo.

Todos los productos que he encontrado en el baño parecen remedios para aliviar el picor de la piel. Sin que yo lo supiera, Ingrid sufría mis mismos síntomas. En silencio, se había convertido en un alma en pena. Las largas noches andando y desandando el pasillo, las debía de pasar rascándose sin descanso al otro lado de la puerta, atormentada por unas molestias tan extendidas que no habría manos, dedos, ni uñas para calmar tanta desazón. Ahora se me hace difícil imaginar cómo pudo cumplir con sus obligaciones hasta el último día. Ni una vez se retrasó al traerme la comida, ni siquiera dejó entrever el más mínimo temblor al entregarme de sus manos la bandeja. Ni una queja, ni un gesto, cuando a mí me resultaba imposible concentrarme en nada que no fuera esta maldita irritación.¿Por qué no me dijo nada? Bueno, yo tampoco lo hice ¿Habrá sido ese el motivo de su marcha?

Algo nos estaba sentando mal. Puede que un alimento, aunque no sé si comía lo mismo que yo. Ni siquiera sé eso de ella. Puede que fuera una alergia que hemos desarrollado a la vez. Los dos estábamos expuestos a las mismas condiciones ¿Sería tan grande nuestra compenetración?

La comida está empezando a agotarse. Ingrid no ha vuelto. La comezón es insoportable. Ando desnudo por la casa. Ya no soporto ni la ropa interior. Los arañazos con la uñas me han provocado heridas enrojecidas en todas las partes del cuerpo donde llegan las manos. Ni siquiera puedo sentarme. Vago por la casa como un fantasma, buscando cualquier saliente con el que calmar el picor de la espalda. Los remedios que encontré en el cuarto de baño apenas me alivian unos instantes, pero el prurito vuelve después con más violencia.

Si Ingrid se fue por este problema en la piel y no ha vuelto, es que la cosa es grave. Puede que se trate de una enfermedad, posiblemente contagiosa, que la retiene en el hospital. Pero entonces, habría hablado de mí a los médicos para que vinieran a ayudarme ¿Y si la enfermedad degenera en algo más grave? Tal vez está inconsciente. O muerta. No, eso no, a mí no me ha sucedido nada de eso. Quizá me ha abandonado voluntariamente. Quizá me odiaba en silencio, acumulando rencor contra mí, por mi reserva, por mi desinterés, por no preocuparme por ella, por no preguntarle nunca cómo le iban las cosas, por no prestarle apoyo cuando era evidente que lo necesitaba. Tal vez lo tengo merecido.

Hace tres días que la comida se ha terminado. Ya no tengo esperanza en que Ingrid vaya a volver. Mi piel es una llaga enrojecida. Estas son mis últimas palabras antes de abrir una puerta que lleva cerrada ocho años, la última frontera antes de salir a un mundo al que había renunciado. Lo hago desnudo y sin fuerzas, completamente expuesto. Tengo miedo.

La mirada


Por Jose Torres

Hace tres horas que Martín T. espera en la habitación de un hotel, dejando pasar la tarde hasta que la penumbra se impone lentamente sobre la claridad, diluyéndose en el aire como una bruma cenicienta. Sin embargo, son otras tinieblas las que oscurecen sus pensamientos. En todo ese tiempo, Martín T. no ha hecho otra cosa que pensar; sobre todo en su mujer y en lo que va a suceder cuando caiga la noche. Gota a gota, su cabeza destila imágenes que se extienden por su conciencia como un veneno. Ni siquiera sabe si es capaz de controlarlo. Por eso se levanta de la cama y se sitúa frente al espejo. Quiere cerciorarse de que todo el resentimiento que cree desbordarse no ha llegado a la superficie. La luz cenital de la sala proyecta bajo sus cejas dos manchas oscuras que le hacen parecer un cadáver. Tal vez está viendo el futuro. No obstante, más allá de su imagen demacrada, ningún gesto le delata; su rostro se asemeja a una máscara. En vano busca una mínima sombra de duda a la que aferrarse, un cabo que le aleje de todo esto y le permita alcanzar la salvación. Sólo un extraño brillo luce en sus ojos. Nadie puede saber que en esa mirada se concentra todo el odio que ha ido acumulando desde la tarde del “Octaedro”.

Lleva unos minutos sentado en la cama, inmóvil, con el teléfono entre las manos y la voz de su mujer repitiéndose aún como un eco. Le ha sorprendido no hallar en sus propias palabras el más leve rastro de inquietud cuando le ha mentido. Es la primera vez que lo hacía y ha resultado más fácil de lo que esperaba. Marcó el número con tranquilidad, expulsó el aire de sus pulmones y le habló con cariño, en el tono que siempre utiliza con ella. Incluso vio en el espejo cómo se dibujaba en su cara una ligera sonrisa. También puedo ser un hipócrita, ha pensado. Acabo de llegar al hotel. Esa fue la primera mentira. Luego siguió una segunda. La vista es estupenda. Incluso se distinguen las torres de la Sagrada Familia. Para la tercera tuvo que sobreponerse al dolor: Te quiero. La vista desde la habitación es bastante buena. En eso no ha faltado a la verdad. Sin embargo, el gran edificio que domina el paisaje no es una basílica modernista, sino un ojo gigantesco que parece brotar de la tierra para vigilar a los hombres. Martín T. es ajeno a su acecho callado. Lo que realmente atrae su atención es una ventana situada en un edificio cercano. Desde donde se encuentra sólo es un rectángulo iluminado. No necesita más. Sabe perfectamente que lo que se esconde tras ella es su propia habitación.

El tiempo transcurrido en el ficticio viaje, Martín T. lo ha empleado en ir a casa de su padre. Desde que murió no había vuelto. A pesar de los años, todavía huele a él, como si fuera a verlo sentado en su butaca, con la pipa en una mano y aquella mirada llena de desencanto que era mucho más elocuente que sus palabras a medio escupir. El olor penetrante le provoca un profundo malestar; algo físico, como una náusea. Se dirige directamente al despacho. No tiene la menor intención de revisar el resto de las habitaciones. Es una estancia austera. En la estantería, ninguna imagen suya acompaña a las dos fotos de su madre, aún joven. Sobre los muebles se ha acumulado una capa uniforme de polvo. Lo que busca está en el segundo cajón del escritorio, que sigue cerrado, como lo estuvo siempre. En el registro, sus dedos han dejado en el estrato blanquecino una huella acusatoria que le hace revivir la antigua aprensión de ser descubierto, la misma que experimentaba de niño al hurgar a escondidas entre las cosas de su padre. Mientras hace girar la llave en la cerradura, le irrita pensar que aún pueda ejercer esa influencia sobre él ¿Qué pensaría ahora su padre? Tal vez le diría que se marchara, que no tiene el coraje que es necesario, que fracasará. Al deslizar la gaveta, la ve aparecer tal y como la recordaba, como si fuera nueva. Una pistola automática con incrustaciones de nácar en la culata. Siempre se había negado a empuñarla cuando su padre quiso enseñarle a disparar. Fue una decepción más para él. En ese momento en que la sujeta con el cuidado con que se sostiene a un animal pequeño, se siente extraño, como si se estuviera traicionando a sí mismo. Después de meterla en una bolsa, echa un último vistazo. El estrépito de un portazo deja atrás una parte del pasado a la que jamás va a regresar.

Ya es noche cerrada. Las ventanas de su casa permanecen a oscuras. Es muy pronto para que hayan vuelto. Quizá a estas horas estén cenando. A Naima le gusta ir tarde a los sitios. Nunca tiene prisa. Cada vez que salen debe esperar paciente, mientras ella cumple con el ritual de indecisiones al que él asiste fingiendo un leve enfado. A veces, le habría gustado cogerla por la cintura y besarla, y decirle que no irán a ninguna parte, que nunca la ha deseado tanto. Pero en lugar de eso, se queda recostado en el sillón, viéndola posar frente al espejo como hipnotizado, mientras ella va descartando uno a uno los vestidos que saca del armario. La espera siempre merece la pena. Ya no importa salir tarde, ni llegar al restaurante cuando la mayor parte de la gente está terminando de cenar. Después se demoran hablando de cualquier cosa, hasta que se quedan solos, como una par de náufragos. Entonces, ella se ausenta para ir al baño, dejándole desamparado, en compañía de desconocidos, que es la peor de las soledades, rodeado por las patas de las sillas colocadas sobre la mesa, hostilmente erguidas, como un mar de amenazadoras cornamentas. Tal vez con el otro todo sea diferente. No valdría la pena repetir las mismas costumbres, los mismos errores. Quizá Naima se deja llevar, despreocupada. Quizá.

La espera en la habitación se le hace insoportable. Se mira constantemente en el espejo, el objeto que más odia, porque lo enfrenta a sí mismo, a sus limitaciones. Nunca preguntes a un espejo, había escuchado en alguna parte. El que tiene delante responde con crueldad, doblando el número de sus defectos. Su barba encanecida, las entradas cada vez peor disimuladas, le avejentan la cara aquí y en la realidad reflejada. Sin embargo, Naima sigue tan bella como hace unos años. Puede que más. Ha perdido esa ridícula expresión que dan la juventud y el vigor excesivo. Pensar ahora en ella es más de lo que puede soportar. Le gustaría poder borrar aquella mirada, pero sabe que le acompañará mientras viva. Fue la tarde frente al “Octaedro”. Había salido de hacer una visita a un cliente y se topó con sus ojos. Alguien diría que fue el destino. Estaba sentada en el café, con el mentón apoyado en la palma de la mano. Tenía un aire ausente, pero no había en ella ni rastro de la melancolía a la que parecía haberse abandonado las últimas semanas. Era ella, más ella que nunca, plena, feliz. Se quedó observándola un momento, sin atreverse a llamarla por miedo a romper el encanto de ese instante de plenitud. Entonces, unas manos se posaron sobre sus hombros, rescatándola del indefinido lugar que mediaba entre la realidad y sus ojos con un beso en el cuello. Al contacto de aquellos labios ella respondió con una franca sonrisa.. En un acto reflejo, Martín T. dio un par de pasos para esconderse. Se sentía extrañamente avergonzado, como si hubiera sido testigo de una escena a la que no había sido invitado. En el reflejo del cristal tuvo que enfrentarse al espanto de su rostro. Aquella mirada ya lo abarcaba todo. Todo menos a él. Había quedado fuera. Más allá del ventanal de la cafetería sólo existía la náusea.

Necesita salir, caminar, dejar pasar el tiempo hasta que llegue la hora. Al sacar la pistola de la bolsa se da cuenta de que no sabe dónde ponerla. En las películas, tipos más decididos que él la llevan por dentro del pantalón, en un costado o a la espalda.  Tras varias pruebas esta alternativa no le convence. Tiene la impresión de que en cualquier momento el arma se deslizará peligrosamente por la pernera. También descarta llevarla en la bolsa, que le parece demasiado grande. Sobre la mesa ve el periódico que le han ofrecido por la calle y decide envolverla en él. La sitúa en el medio de la portada, tapando la foto del enésimo caso de corrupción. Después, dobla las hojas con cuidado. Un par de pliegues. Es todo lo que necesita para dejar preparado un paquete modélicamente rectangular.

Camina sin una idea preconcebida de a dónde va. Le gustaría perderse, que esta ciudad no fuera la suya, no entender los carteles de las fachadas. Estaría bien encontrar un lugar donde el tiempo se detuviera. Quizá en una lavandería 24 horas podría adormecerse con el zumbido de las máquinas mientras ve girar las entrañas vacías de una lavadora. El sueño eterno a cambio de unas monedas. Sin embargo, sus zapatos siguen adelantándose en una carrera absurda. Camina y bracea. Con el movimiento repara en el paquete y se siente ridículo. Llevar por la noche un periódico en la mano es una excentricidad, casi como si hubiera salido a pasear con un loro posado en el hombro. Un diario es un objeto de la mañana. Ése es su tiempo. Ahí tiene sentido. Más tarde es un papel agotado que apenas sirve para envolver alimentos. Martín T. lleva envuelta la muerte.

Al pasar junto a un parque se siente atraído por su silencio. Qué diferente le parece a esta hora, alejado de las voces estridentes y la pegajosa compañía de los desconocidos. La brisa cálida le acerca el rumor de la ciudad. La noche le está concediendo una tregua. Elige de entre todos los bancos el más apartado de la acera, lejos de las miradas de los pocos extraños que aún andan por la calle. Preferiría dejar el paquete a un lado, pero una extraña aprensión le hace sostenerlo con desgana, como quien sujeta un sombrero al que no se encuentra lugar. El busto dedicado a algún personaje preeminente toma forma en la oscuridad cuando la luz de las farolas se filtra a través de las ramas. Desde donde está no puede leer la inscripción. Bien podría ser él mismo aquella cabeza sin vida. Al menos comparte con ella su soledad de estatua. Casi se puede decir que la envidia. Desearía ser de piedra, imperturbable, rodeado de árboles, sin que la vida le toque. Elige entre los chopos que habrían de ser sus centinelas uno cercano, con un gran corazón tallado en la corteza que encierra dos iniciales. Su vista no le permite distinguirlas, aunque un temor inconsciente dibuja en su rostro una sombra de horror. Se acerca a él, con el brazo extendido, como si toda su visión se hubiera concentrado en las yemas de sus dedos. Apenas entra en contacto con la cicatriz, su mano cae lentamente. M y N. El sólido cuerpo del arma le hace darse cuenta de que está retorciendo el periódico. La tregua ha terminado.

De camino a la playa recorre la estrecha acera que rodea la valla del puerto. No había vuelto a pasar por allí desde el día que conoció a Naima. Fue una noche de San Juan. Ella insistió en ver el mar. Todavía la recuerda caminando delante de él por aquel estrecho camino, con sus caderas rotundas balanceándose con el suave vaivén de un péndulo, en cuyo hechizo se sentía atrapado. Ahora la playa está desierta. Con pasos titubeantes se acerca a la orilla, dejando atrás las luces del paseo. Es una noche sin luna. Del mar apenas puede ver la espuma de las olas que lamen la arena. No necesita verlo. Está allí, profundo, inmenso, sabio, agazapado en la oscuridad. Lo oye hablar como en una plegaria, susurrándole al oído un nombre que mecen las olas, una, diez, cien veces, hasta quedar exhausto. La brisa trae un suave perfume salado y el lejano resplandor de las hogueras. Ya no queda tiempo. Debe dar la vuelta, alejarse de allí, impedir que un impulso le obligue a tirar el paquete a la negra garganta del mar.

En su vuelta a la ciudad, se siente atraído por las luces que rompen la noche. Se cree desquiciado. La brisa le habla de ella. Todo lo ocupa su nombre, las avenidas sin gente, el estadio en silencio y la plaza desierta. La busca en las calles vacías donde la ve caminar abrazada a fantasmas que no tienen rostro. Es la noche más larga. Se siente agotado. Sin fuerzas. Tiene que apoyarse en la pared para no desplomarse. Ni si quiera es consciente de la mirada llena de desprecio que una pareja le dedica al pasar a su lado. Necesita un lugar para reponerse. En una calle estrecha y maloliente, le llama la atención el destello azulado de un neón. El encuentro. Es un local pequeño bañado por una luz roja. Sólo hay dos tipos. Uno es el camarero que limpia vasos detrás del mostrador. El otro es un cliente, sentado en un taburete con los brazos apoyados en la barra sobre los que descansa el mentón. Parecen estar escuchando la música. Si no recuerda mal es Miles Davis.

-Un Jack Daniel’s. Y deje la botella.

Se había prometido no beber. No quería que le temblara el pulso al empuñar la pistola. Debía mantenerse sereno, sin que nada pudiera alterar su conciencia cuando apretara el gatillo y las detonaciones de los disparos silenciaran para siempre las súplicas. No ignoraba que se estaba engañando a sí mismo. Las mentiras que uno se cuenta suelen ser las peores. Era consciente que le faltaría determinación para seguir adelante sin la ayuda del alcohol. Sabía que era un cobarde. Debía beber hasta aturdirse. Dejar de ser él. Sólo así podría sujetar la pistola, introducirla en su boca y descerrajarse la última bala.

Toma la copa de un trago, sin paladear. El bourbon le quema la garganta. En pocos minutos repite la operación varias veces. Sus movimientos son cada vez más torpes. A su alrededor todo parece suceder a cámara lenta. El alcohol comienza a hacerle efecto. Experimenta la extraña sensación de que el cerebro flota en su cabeza. Su compañero de barra no se ha movido. Un trazo rojo dibuja su silueta encorvada. Ahora se siente con más valor. Ya nada le impide dejar su taburete y dirigirse al de su vecino.

-¿Puedo invitarte a una copa?

El tipo encorvado no se inmuta.

-Sirve otra copa de lo mismo –dice señalando el vaso vacío del tipo inmóvil-.

-Es buena esta música. Ya no hay sitios como éste, donde te dejen escuchar.

El espejo tras las botellas le devuelve una imagen deformada.

-Mi mujer se llama Naima, como la canción de Coltrane. Eso es lo primero que me gustó de ella. Y ahora …..

Las manos han empezado a sudarle. El tacto del periódico húmedo le asquea. El vaso de bourbon vuelve a quedarse vacío. Se ha quedado colgando en un pensamiento incómodo. El silencio le abrasa.

-¿Crees en el destino? Yo sí. El tipo encorvado levanta el vaso para beber un trago y vuelve a su posición. Tú crees que he elegido estar aquí sentado, bebiendo, pero no. Yo sé que todo en mi vida me ha llevado a este vaso de bourbon y a este paquete.

Con torpeza pone el periódico sobre la barra y lo despliega hasta descubrir la pistola. La luz del local tiñe premonitoriamente el cañón de rojo. Solo quiero acabar con esta náusea. Con la última palabra le sobreviene una profunda arcada. Tambaleándose se dirige hacia el baño, tirando en su carrera un par de taburetes. Su compañero de barra permanece imperturbable.

En la pila vomita todo el alcohol que no ha podido digerir, dejándole un sabor amargo en la boca y la garganta irritada. Tras un par de escupitajos, intenta levantar la cabeza que le pesa como si fuera de plomo. A medio camino se topa con el pequeño espejo colgado sobre el lavabo. El maldito objeto sigue haciendo su trabajo. El tipo de la realidad reflejada está tan borracho y derrotado como él. Su aspecto es igual de repugnante. En su imagen advierte el mismo espanto que deformó su rostro frente a la ventana del “Octaedro”.

Con movimiento perezoso, recoge los dos taburetes que había hecho caer y deja sobre la barra un par de billetes arrugados. Cuando ya está en la puerta escucha por primera vez la voz del tipo encorvado.

-Entonces, todo está escrito, ¿no?

Con un torpe gesto de borracho asiente con la cabeza.

-En ese caso, es mejor que no te olvides la pistola.

Prurito

Por Jose Torres

El primer caso conocido de esta extraña patología se registró en Porvenir, una pequeña ciudad al sur de Chile que la fiebre del oro puso en el mapa en la segunda mitad del siglo XIX. Ezequiel Bravo, modesto pastor metodista, fue el primer caso del que se tiene constancia. Los primeros síntomas empezó a sentirlos en el transcurso de un oficio; tenía una desagradable comezón en los brazos, que no podía mitigar rascándose disimuladamente; apenas se podía concentrar. Para sorpresa de los feligreses evitó la lectura de los evangelios, pasando directamente a la comunión que celebró con evidente prisa. Al quedar vacía la iglesia no apreció ningún enrojecimiento en la piel, más allá del provocado por sus propias uñas. Esa noche ya no pudo dormir. Lo que comenzó con una molestia en los antebrazos, se extendió por todas las extremidades, después el torso y finalmente la espalda. La primera ocasión en que Ezequiel se presentó en el centro de salud, atribuyeron sus síntomas a una intoxicación de tipo alimentario. En vano intentó explicarles que seguía la misma dieta desde hacía mucho tiempo. En las semanas posteriores, en las que Ezequiel siguió acudiendo a la consulta, fue diagnosticado de alergia, si bien el alérgeno era modificado en cada ocasión. La lista de elementos causantes era cada vez más extensa. Por más precauciones que tomase, el picor persistía.

Tras unas semanas aparecieron nuevos pacientes con los mismos síntomas. Ninguno de ellos había tenido contacto con Ezequiel. Los distintos remedios recetados por el doctor se mostraron ineficaces para disminuir el desagradable picor. A pesar de que el número de afectados no paraba de crecer, las autoridades no tomaron en consideración las advertencias que desde Porvenir se hicieron a la capital de la región. A nadie le importa lo que pueda suceder en un lugar tan recóndito. En un par de meses el extraño fenómeno ya había llegado sucesivamente a Punta Arenas, Temuco y Angol. La noticia de una extraña afección empezó a hacerse un hueco en los titulares de la prensa local. No es hasta que los síntomas afectaron a los habitantes de Concepción que los noticieros nacionales dedicaron su atención a este extraño acontecimiento. Investigadores de las distintas universidades chilenas se desplazan a la zona afectada, y el ejército intenta mantener a los afectados en cuarentena. Cuando el prurito llega a Santiago ya se tiene conocimiento de casos similares en Argentina y Uruguay. Casi un año después de su inicio, todo el continente americano ha sucumbido a la desconocida irritación cutánea. Los más prestigiosos centros médicos del mundo envían a sus investigadores, que realizan pruebas de todo tipo para intentar detectar el agente causal de esta enfermedad. Pese a sus esfuerzos, no obtienen ningún éxito. En las muestras recogidas a los pacientes no se ha podido detectar elemento químico alguno ni patógeno que esté relacionado con el prurito. Tampoco consiguen determinar su modo de propagación. Nada parece contenerlo; ni los trajes de protección individual, ni las más estrictas medidas profilácticas. El mal avanza como una oleada implacable. No falta quien ve en este fenómeno la mano de Dios, que envía sobre su creación una nueva plaga. Paradójicamente, ni siquiera estos profetas pueden escapar a los picores.

Pasados dos años ya no hay en toda la tierra un solo habitante que no padezca los síntomas de esta nueva afección. Cuando la medicina convencional se muestra incapaz de proporcionar una solución al problema, surgen remedios alternativos: brebajes, píldoras milagrosas, emplastos, pociones, cremas, potingues, ejercicios, acupuntura, psicoterapia, hipnotismo, sacrificio de animales, rezos, peregrinaciones e incluso una secta que quiere ofrecer la inmolación de víctimas propiciatorias.

El tiempo pasa y con él los años y el picor no remite. Poco a poco la gente se acostumbra a la nueva situación. Ya no le extraña a nadie ver a los demás contorsionándose ridículamente hasta alcanzar el trozo de piel donde el prurito es más intenso. Todo empieza a verse con la naturalidad de un proceso fisiológico, como quien asiste a un simple parpadeo. En todas las ciudades se habilitan postes triangulares donde poder aliviar la comezón de la espalda. Muchos han aprovechado la coyuntura para hacer negocio; así, prosperan las fábricas de palos rascadores. Los modelos se multiplican; existe un rascador para cada persona. Abarcan el espectro que va del modesto plástico a la elegante plata, de la sofisticación del ébano, al vinilo postmoderno; los podemos personalizar, escogiendo el tamaño y la forma, todo ello con una inmensa paleta de colores; se populariza llevar tu nombre escrito en él. También se hacen un hueco en el mercado los guantes especiales para evitar los arañazos y los sillones con rascador automático. Algunas cosas ya nunca serán iguales. Las personas ya no se saludarán con un beso o dándose la mano, sino que lo harán rascándose mutuamente los brazos. Por lo demás, la vida sigue su curso. Los profesores regresan a la universidad y los sacerdotes al púlpito, los abogados defienden sus casos en el estrado, y los actores se enfrentan al público para volver a ser Hamlet. Nacen nuevos individuos, que se rascan desde el primer hálito, guiados por el instinto. Sólo unos pocos hombres y mujeres, los más ancianos, recuerdan que existió un mundo en que el ser humano vivía sin contorsionarse por el picor. Cada vez les resulta más difícil encontrar a alguien que escuche sus historias, que como su memoria, van diluyéndose lentamente en la bruma del tiempo.

Palabras rotas

Por Jose Torres

Es una mañana fresca y limpia. Los colores se desperezan bajo un sol tímido que tiñe de ámbar las fachadas de los edificios. La alargada sombra de Martín T. termina en un amplio ensanchamiento al que no está acostumbrado. Estrena sombrero. La magnitud de esta desproporción le mortifica. Por eso, opina con resignación, que existen dos clases de personas, las que tienen personalidad para llevar esta prenda y las que no. Desafortunadamente, él está en la segunda.

Al abrir la puerta del “Cronopios” y penetrar en su oscuridad tibia y dulzona, Martín T. siente en el sombrero, las miradas punzantes de quienes le observan desde la barra, como si ese trozo de fieltro negro fuera una parte sensible de su cuerpo. Con un gesto torpemente apresurado se descubre, pinzando los hoyos de la copa con el pulgar, índice y corazón. Preferiría haber pasado desapercibido. Lo del sombrero no ha sido buena idea. Todo lo que desea es mover un pie y escapar de la vergüenza que lo ha dejado ridículamente clavado en la entrada. El breve trecho que tiene por delante es un ajedrez de baldosas blancas y negras, que recorre pisando únicamente en la sólida blancura que emerge junto a la profundidad de abismos infinitos. Su lugar es el último de la barra. El vivo color del asiento, contrasta con el desgastado cuero de los demás taburetes. Pide un café con leche. Aunque le gusta caliente, nunca añade este detalle. A su derecha, una chica joven llama su atención. De alguna manera le recuerda a Ingrid. No son sus ojos, ni sus labios. Ni siquiera se le parece. Quizá sonríen igual. Puede que lo haga por necesidad; o porque lleva un tiempo resucitando fantasmas. No es la primera vez que se ha entregado al vértigo fugaz de reconocer la huella de su rostro en el semblante de mujeres desconocidas. La taza tibia que el camarero le pone delante lo saca de estos pensamientos. Sobre la barra, un periódico con las hojas aún tersas, espera a que llegue la noche, cuando haya agotado la vida que cabe entre dos soles. Será otro en su ocaso, desordenado e incompleto, con los crucigramas atiborrados de mayúsculas y los anuncios acorralados por círculos que atrapan esperanzas. Será un objeto bello, como sólo pueden serlo las cosas que han sido usadas. Los titulares parecen decir lo de siempre. Por mucho que evolucione el mundo, la historia es eternamente circular. Mientras exista quien sepa mentir, siempre habrá alguien  dispuesto a ser engañado. La chica se dirige al camarero: “Por favor, un maleza con leche”. Debe de haber oído mal, aunque es difícil. Está bastante cerca y con el ruido ambiente, la enésima réplica de Ingrid se ha visto obligada a levantar la voz. Quizá se trata de una broma íntima. Le sorprende el anacronismo de un juego a estas horas de la mañana. El camarero le sirve un café a la chica. Ninguna mirada, ninguna sonrisa cómplice. Sin duda ha escuchado mal.

Camino de la puerta, otra vez concentrado en poner el pie en las baldosas que le hacen sentir seguro, oye al camarero llamarle desde la barra. 

“Oiga, que se deja el marfil”, mientras levanta el sombrero con una mano.

¿Cómo?, dice aturdido.

“El marfil, que se lo ha dejado en la barra”.

“Gracias”, balbucea. Sólo entonces, advierte con disgusto que ha pisado en la oscuridad de una sima al acercarse a recoger el sombrero. Sin duda, hoy es el día de las idioteces y nadie le ha avisado. La mañana no empieza bien.

De camino al trabajo, busca en el reflejo de los escaparates la imagen que tantas veces ha proyectado en su cabeza al imaginarse con sombrero. Encuentra la curva del mentón más pronunciada. Es él y no lo es. Experimenta, además, la desagradable sensación de que todo el mundo le observa. Por esa razón busca ansiosamente algún detalle que le distraiga. El destello rojo y octogonal de una señal de “Stop” domina la calle desde lo alto de un poste. Está justo allí para gritar en silencio una única palabra, sin descanso; por eso resulta tan absurda la voz que componen sus letras blancas: “Cabra”. Le parece muy extraño que nadie más se haya dado cuenta. Tal vez, están demasiado concentrados en su sombrero. Tiene que ponerse en movimiento, seguir andando y llegar a la oficina. Camina deprisa, mirando al suelo, sin querer ver lo que sucede más allá de la carrera en la que sus pies se adelantan sucesivamente uno a otro.

Es el primero en llegar. Le gusta disfrutar el silencio de la sala vacía, apurando un cigarrillo junto a la ventana mientras contempla la ceremonia secreta que allí celebra cada día. Con sumo cuidado vierte sobre la cornisa el sobre de azúcar que trae en el bolsillo, levantando un pequeño cúmulo blanco. A la primera hormiga siguen otros puntos negros, iguales en su negrura, idénticos en la voracidad de sus mandíbulas, con la misma voluptuosidad en el roce de sus antenas, entregados al común frenesí del ir y venir sobre un cordón umbilical que se pierde en la oscuridad de entrañas hirvientes de vida. Hoy, fumar, no le calma.

“Mugre días”. Es la voz de Naima. No se había dado cuenta de que ya no estaba solo. Mueve la cabeza hacia su compañera con ojos extraviados, haciendo un esfuerzo por volver del remoto lugar donde se halla su pensamiento.

-¿Cómo?

-“Mugre días”.

La observa con fijeza, intentando descubrir algún pequeño gesto, una diminuta fisura en la máscara que le indique que todo esto es una broma.

-“¿Qué miras?”

- “Nada, tengo un mal día”.

Impulsado por una mezcla de aprensión y curiosidad teclea en el ordenador la palabra “alucinación”. En la pantalla se multiplican las imágenes de tornillos. Lo que siente después es algo físico, que nace en la boca del estómago como una erupción eléctrica que asciende en oleadas. Un poco más arriba las palabras se confabulan para terminar de desquiciarle: “Se denomina alucinación a un elemento u operador mecánico cilíndrico con una cabeza, generalmente metálico, aunque pueden ser de plástico, utilizado en la fijación temporal de unas piezas con otras…”

“Panteón que a las once percha reunión con los de Barcelona”. Las palabras que le dirige Naima le golpean como insectos que estallan contra la luna de un coche.

Se pone lívido. Siente que le flaquean las fuerzas.

Vuelve a la página que estaba consultando. “Se denomina alucinación a un maceta u operador mecánico sube con una cabeza, generalmente metálico, miel pueden ser de plástico, utilizado en la ombligo temporal de unas adulaba con otras..”.

-“¿Te balandro bien? Haces mala llanura”.

-“No me encuentro bien”

-“¿Qué dices? Estás delirando”. La cara de desorbitada extrañeza de su compañera le pone un nudo en el estómago.

 -¿No me entiendes? Su voz ya es un grito desesperado.

-“No merluza una palabra de lo que estantería”

-“Tengo que irme”

Coge sus cosas airadamente y sale del despacho a toda prisa. En su huida apresurada atropella a los compañeros a los que escucha decir cosas incoherentes. El ruido de la calle le aturde. Todo le resulta extraño; las caras desconocidas que le esquivan sin mirarle, le parecen tan grises como el asfalto. Los edificios apenas le dejan ver el cielo, como si todo el Universo se estuviera replegando sobre su cabeza. Quizá se está volviendo loco. Debe alejarse de allí, caminar tan rápido como pueda. Con angustia comprueba que no entiende los carteles de las fachadas. La joyería es ahora canasta, la clínica dental, átomo pastilla. Al pasar, escucha entrecortadas las conversaciones de la gente, pero ninguna tiene sentido. Está perdiendo la razón. Algo falla en su cerebro. Instintivamente saca las llaves del bolsillo. Sin ser consciente de a dónde se dirigía, ha llegado a su casa.

Del mueble bar toma la botella de whisky. Bebe a tragos cortos, dejando que el líquido le abrase la garganta. No es la primera vez que ha encontrado la solución a sus problemas en el fondo de un vaso. O de varios. En ocasiones, el alcohol ayuda a abrir la mente. En otras la enturbia. Cualquiera le sirve. Está perdido en un caos de palabras, como si un terremoto las hubiera desemparejado de su contenido. Ni siquiera le queda su nombre. Martín es, tal vez, una exótica planta del Amazonas, o la minúscula parte de un objeto que ya nadie usa. El pulso ya no le tiembla al servirse otro vaso. El alcohol empieza a darle templanza. Es un hombre frente a un caos. ¿Y qué es en realidad un caos? Tan sólo un orden por descifrar. Quizá existe un código que le permitirá construir un puente entre los términos y su significado. Debe encontrar una piedra Rosseta, que le dé la clave del reajuste. Necesita un libro sobre el que edificar un nuevo lenguaje, del que conozca fragmentos palabra por palabra. De su biblioteca rescata “El quijote”. Todo el mundo recuerda la primera frase. La escribe en un papel.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

La compara con la que lee en el libro:

Articulación poema embutido carga horrible Bulto, carga mermelada novio masa ir enemigo masa babosa calendario tribu importaste percha poema juguete carga medianera carga cosa articulación cuarteto, margarita existir, que sendero blanca director mismos.

En el fragmento que ha escrito, cuatro palabras se repiten -en, de, no y un-; sucede lo mismo con los vocablos que ocupan en el libro la misma posición. Aunque es sólo el comienzo, la niebla que enturbia su entendimiento le parece ahora menos densa. Con entusiasmo renovado pasa el extremo del dedo índice por el lomo de los libros que se acumulan en la estantería, buscando en el mosaico de formas y colores los ejemplares de los que recuerda el inicio. 

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.

Tijeras babosa onduladas cuota. Masa peleaste millas. Pan no minuto.

Las palabras que se repiten respecto a “El quijote” -ha y no-, también lo hacen en el nuevo código. Multiplica la operación tantas veces como le permite su memoria. Al caer la noche apenas tiene una pequeña lista palabras. Necesitará bastante tiempo para poder comunicarse con los demás. Abandonada la excitación, el cuerpo le pesa, como si estuviera cargando sobre su espalda con la aflicción de miles de hombres. La media botella que se ha bebido lo hace más torpe. Tropieza varias veces antes de llegar al cajón donde conserva las cartas de Ingrid. Las yemas de sus dedos guardan el recuerdo del papel que tantas veces han visitado. Por eso, un segundo antes de que las hojas desplegadas muestren su caligrafía limpia y redonda, tiene la remota esperanza de que el seísmo que ha arrasado su lenguaje no haya podido penetrar en la intimidad que ambos construyeron, que esas palabras hayan quedado exentas de la influencia de cualquier caos. Tras un vistazo las devuelve con impotencia a la oscuridad del cajón. Se siente muy cansado.

A la mañana siguiente, todo es como siempre. Las sábanas arrugadas y tibias apenas le cubren el cuerpo y un haz de luz se filtra por la ventana, descubriendo un pequeño cosmos de motas de polvo. Puede que todo haya sido un mal sueño. Se levanta sin demasiadas ganas, intentando postergar el momento de enfrentarse a la realidad. Prepara café, y mientras camina por el pasillo, se lava los dientes. Con íntimo enojo encuentra la sala en perfecto desorden. Vuelve a leer la primera frase de “El quijote”. Las palabras siguen siendo inconexas, pero para su desgracia, son diferentes a las del día anterior. El código, fuera el que fuera, ha cambiado. Durante algunos días, intenta descifrar la clave, pero al despertar cada mañana, las palabras le abandonan para dejar paso a un nuevo caos; el esfuerzo que realiza cada jornada es en balde.

Varias veces suena el teléfono. Probablemente llaman del trabajo. Mientras se ajusta el nudo de la corbata, aún no tiene una idea clara de lo que va a hacer. Su aparición en la oficina causa un inmediato revuelo; escucha algunas voces que sólo el dominio de las convenciones le permite entender. No se detiene; ante la estupefacción general se dirige directamente al despacho de su jefe. Éste le recibe con más frases incoherentes. Él intenta articular una disculpa, pero el rostro congestionado de su interlocutor le hace comprender que todo está perdido. Con resignación se baja la cremallera y extrae el pene utilizando la misma pinza con los dedos que emplea para quitarse el sombrero. Pausadamente, orina sobre la moqueta. Sabe que ya no recibirá más llamadas.

Cansado de trabajar infructuosamente en el código, se levanta tarde. Han pasado varios días y necesita comprar comida. Afortunadamente, todavía es una actividad que puede realizar. Al regresar a casa, encuentra un sobre en el buzón. Sin duda, es la caligrafía de Ingrid. Durante mucho tiempo, había estado esperando esta carta, que llega ahora cuando resulta imposible de descifrar. Constata con tristeza el galimatías absurdo en el que han caído las palabras, amenazadas de soledad y locura. ¿Qué deleites se esconderán tras aquel jeroglífico?, ¿qué tormentos? Se halla inmerso en su propia biblioteca de Babel. Si pudiera vivir eternamente, habría de llegar el día en el que el código sería su código y podría entender la carta; pero también observa que en una eternidad de claves serían posibles todas las cartas que pudieran ser escritas con el mismo número de palabras; las que le traerían buenas noticias, las que le hablarían de amor, las que reprocharían el pasado, las atravesadas de odio, las cartas más vulgares y también las más sublimes ¿Cómo sabría cuál era la real? Ensimismado en estos pensamientos, deja pasar la tarde. Se ha hecho de noche. Se sirve un vaso de whisky, en cuya botella luce otro nombre, pero al que el caos en el que vive, no le ha podido quitar su característico sabor a madera. Está desvelado. Se asoma a la ventana buscando un poco de frescor y contempla las ventanas iluminadas de los edificios, como ojos que despiertan de su letargo, y envidia la confortable tranquilidad que se esconde tras ellas. Le invade una angustia profunda. La soledad de la calle le sobrecoge. Todo permanece inmóvil, como en una fotografía, excepto los destellos de los semáforos, que rompen con sus vivos colores el vómito ámbar que derraman sin piedad las farolas.

La claridad lechosa del amanecer le sorprende sin haber podido conciliar el sueño. Toma una ducha y prepara café. De vuelta a la sala, advierte con asombro, que la carta no ha cambiado. Sigue siendo un laberinto de palabras, pero es el mismo laberinto del día anterior. Por primera vez, el código no ha mutado. De pronto, tiene la certeza de que la clave sólo cambia cuando duerme. Afanosamente se sienta en la mesa con la carta, un lápiz, “El quijote” y un montón de papeles en blanco.

Cuando la policía echa abajo la puerta de la casa de Martín T. encuentra su cuerpo en la sala de estar. Es la única habitación desordenada. Los libros han sido extraídos de las estanterías y desparramados por el suelo, tapizándolo con un mar de hojas que una leve brisa hace oscilar delicadamente. Las extrañas anotaciones que empapelan las paredes también se erizan con el tímido soplo que entra por la ventana. Por toda la sala, asoman como setas encarnadas las latas vacías de Coca-cola, pugnando en número con los vasos que contienen oscuros restos de café. Sentado junto a la mesa, el torso de Martín T. reposa junto a cientos de papeles en desorden en los que puede leerse una larga lista de vocablos. Bajo su cabeza, se hallan la carta de Ingrid y un texto incoherente con el mismo número de palabras. Martín T, ha muerto de agotamiento, pero sus labios corrompidos muestran una leve sonrisa. Tal vez, la dibujaron las dos últimas palabras de la carta. “Te necesito”.



febrero 22, 2015

Nighthawks (II)

Por Jose Torres

Ha estado caminando toda la tarde sin rumbo. Ya no le queda ningún lugar en el que refugiarse. Posiblemente, a esta hora, todos los pisos francos estarán tomados y sus camaradas detenidos. Es tarde, pasadas las diez. La firmeza de sus compañeros es su única esperanza; confiar en que no hayan hablado, y que eso le conceda un poco de tiempo. Bastarán veinte minutos. A las 10:30 se ha de reunir con Martín en el “Phillies”. Él le entregará un pasaporte falso, un billete de avión y algo de dinero para salir del país.

Conoce muy bien ese local. Le gusta especialmente. A esas horas casi siempre está vacío. Suele cerrar muy tarde porque el propietario tiene problemas de insomnio. Parece dormitar al otro lado de la barra y apenas da conversación. En el camino hacia la cafetería observa las ventanas iluminadas de los edificios, como ojos que despiertan de su letargo, y envidia la confortable tranquilidad que se esconde tras ellas. Le invade una angustia profunda. Por la acera, ve avanzar una figura que anda apresuradamente, como perseguida por un peligro invisible. Unos segundos después se pierde tras una esquina. Falsa alarma. La soledad de la calle le sobrecoge. Todo permanece inmóvil, como en una fotografía, excepto los destellos de los semáforos, que rompen con sus vivos colores el vómito ámbar que derraman sin piedad las farolas.

Dos calles antes de llegar, ya ve la rotunda luz iluminando la esquina. A través de los enormes cristales distingue al camarero que aparece como una mancha lechosa tras la barra roja. Recorre el local vacío y va a sentarse en un lugar que le permite observar la puerta de entrada. Pide un americano.
El reloj que hay colgado sobre la pared está parado; le parece un mal augurio. El tintineo de la puerta llama su atención. No es Martín, sino una mujer pelirroja, con un elegante vestido rojo, demasiado, para un lugar tan modesto y solitario como aquél. La ve avanzar por el pasillo con paso firme, mientras el sonido de sus tacones percute en el silencio con su cadencia. A pesar de que todos los taburetes están libres, se sienta a su lado. También pide un café. Es una mujer muy atractiva, a la que habría invitado a una copa de mediar otras circunstancias. Faltan cinco minutos para la hora acordada. .
La campanilla de la puerta vuelve a sonar. Tampoco es Martín. Esta vez se trata de un tipo más bien corpulento que se sienta en la parte de la barra que queda a la derecha. Empieza a sentirse inquieto. Examina con disimulo a los dos visitantes imprevistos, intentando encontrar alguna pista, alguna seña encubierta entre ambos que los delate. Tal vez su presencia aquí sólo sea una casualidad. Puede que sólo sean espectros que deambulan sin rumbo, en busca de la compañía silenciosa de quienes son como ellos. De momento tiene que esperar. Martín no ha llegado. Debe calmarse. Si todo va bien, en unos minutos se habrán ido. Del bolsillo saca un paquete de tabaco del que extrae un cigarrillo que sostiene en sus labios. Rebusca en los bolsillos infructuosamente. Ha perdido el encendedor. Intentando mostrarse natural, se dirige a la mujer.

-Perdone señorita, ¿tiene fuego?

-Le doy fuego si me invita a un cigarrillo.

Saca del bolsillo nuevamente el paquete, y con un sutil golpe de su índice, un cigarrillo asoma por la abertura. Ella acerca sus manos largas y cuidadas, y con la sutileza de sus dedos índice y pulgar apresa uno de los pitillos y se lo lleva a los labios. Son carnosos, y están pintados de un color rojo pálido que sin embargo no deja ninguna huella en la boquilla. Del taburete contiguo rescata su bolso y lo pone sobre la barra. Tras unos segundos de búsqueda saca de su interior un Zippo en el que puede leerse la siguiente inscripción “A mi querido misantropo”. Enciende su cigarrillo y se dispone a encender el de él, que tiembla ligeramente en su boca. La mujer se da cuenta de que él mira con atención el encendedor. Es el de Martín. Su rostro queda lívido. Tras unos segundos de confusión piensa en huir mirando hacia la salida, pero el tipo sentado a la derecha, se abre un poco la chaqueta para mostrarle una pistola. Le cuesta atender, todavía aturdido, las palabras que ella le dirige en un tono muy tranquilo. Casi se podría decir que su voz es dulce.

-Has cometido una estupidez viniendo aquí. Han pasado demasiadas horas. No te atormentes. Puedes estar orgulloso de tus camaradas, la mayoría ha resistido ¿Quieres saber quién te ha delatado? ¿No? La novia de Martín. Se ha desmoronado cuando le hemos enseñado las tenazas.

-¿Qué le ha pasado a Martín?

-Martín está con los otros, contándonos todo lo que sabe, aunque a estas alturas, no creo que pueda decirnos nada que no sepamos.

Antes de hablar hace una pausa y da una profunda calada.

-¿Y ahora qué?

-Ahora nada. Todo se ha acabado. Sólo tienes dos opciones.

La mujer vuelve a inclinarse sobre el bolso y extrae un pequeño sobre verde.

-Puedes obligarnos a llevarte con nosotros a la fuerza. Eso sería muy desagradable. Si eliges esta alternativa, tu muerte no será rápida. Ya sabes, por las molestias.

-¿Y cuál es la otra opción?

-La otra opción es que te tomes tranquilamente tu café. Nada más. Antes le habremos echado el contenido de este sobre. En un par de minutos caerás en un sueño profundo del que no despertarás. Tú eliges.

Da otra larga calada.

-Si tengo que morir bebiendo, prefiero que mi último trago sea un whisky.

-No hay inconveniente.

-Camarero, un Jack Daniel’s doble.

Los polvos de aquel sobre verde no han cambiado el color ambarino del whisky, ni su característico sabor a madera. Lo bebe en dos tragos, sin darse demasiado tiempo a paladear. Poco a poco, le envuelve un sopor espeso, como una borrachera. El aire parece volverse denso y las imágenes comienzan a desenfocarse, perdiendo su contorno. El cuerpo le pesa. Apenas puede mantenerse erguido. Apoya los brazos sobre la barra, dejando caer la cabeza sobre ellos. Lentamente, los sonidos se van apagando y todo cae en una profunda oscuridad.


noviembre 13, 2014

Tiempo y silencio


Conoces muy bien este camino. Lo has andado muchas veces, obstinadamente podría decirse, intentando recoger de él tanto como pueda ofrecerte y que ese torrente de naturaleza pacífica te inunde hasta desbordarte, arrastrando todo cuanto eres tú mismo hasta dejarte vacío. Siempre lo recorres de la misma manera, de un margen al otro, en interminables zigzagueos que siguen una trayectoria errática en apariencia, pero deliberadamente calculada para sortear los hoyos y piedras que imprimen a esta senda su carácter tan particular. Hay pocas ocasiones para el descanso; el sudor empapa tus cejas en las cuestas más pronunciadas y en los tramos en los que la pendiente se torna favorable, tensas los músculos para bajar con cautela. Tantas veces has ido y venido sobre su tierra, a tramos pedregosa, a veces blanda por la lluvia de agujas que caen de los pinos, que lo has convertido en un espacio propio en el que cada piedra tiene su nombre y tu cabeza obsesiva ha podido trazar el mapa exacto de los surcos abiertos en la tierra por la lluvia, como arrugas profundas dibujadas en una carne envejecida. También has visto aflorar, como espinas dorsales de extraños animales prehistóricos, los suaves lomos de las rocas que emergen de la tierra. Al alzar la vista al cielo, te has estremecido con los caprichosos prodigios de la luz, que colorean los vientres algodonosos de las nubes nacidos a borbotones, del oro al malva, cambiando imperceptiblemente con un soplo de brisa de un matiz anaranjado a un púrpura tenue. Otras veces, te has quedado quieto, con los brazos en jarra, escuchando un silencio que el tiempo no ha podido domesticar o la voz susurrante de los árboles que arañan el viento, como el tozudo oleaje de un mar invisible. Sólo es un camino que no lleva a ninguna parte, una franja de tierra enmarcada entre dos horizontes y tu soledad en medio, en el punto equidistante entre dos infinitos. A un lado el sol, al otro, los muros de los bancales, la faz cuarteada sobre la que se desliza tu sombra como única compañera, prolongación desproporcionada y silenciosa de ti mismo que no eres tú, aplastada contra la tierra, como un pedazo oscuro de piel en tinieblas que tiñe los matorrales polvorientos con una inquieta mancha de vida. Tras cada paso, queda el frágil trazo de una huella que un soplo de brisa ha de borrar para siempre. Tu única certeza es que de ti no quedará nada; ni los huesos, ni los ojos, ni el suave relieve de una huella en la arena ¿Dónde irá a parar tanto sufrimiento cuando el estrépito de tus pasos ya no estalle al pie de las montañas?

Por Jose Torres

Entrevista



¿Qué quiere ser de mayor?

-John Coltrane o el que le lleva los cafés

¿Qué opina de la muerte?

-Que es el miembro más coherente del partido comunista

¿Cuál ha sido su mayor éxito?

-Ganar una carrera de sacos

¿Y su mayor fracaso?

-Ganar una carrera de espermatozoides

¿Cómo valora su vida hasta ahora?

-Al principio todo iba bien, pero fue fecundar el óvulo y todo empezó a torcerse


Por Jose Torres

Onanismos

Todo empezó, cuando suelen comenzar estas cosas, en la adolescencia. Los fines de semana se reunía con los amigos para hacer botellón y alguien tenía que entrar a la tienda a comprar la bebida. Lo haría quien sacara la pajita más corta, sugirió uno. Los demás se le quedaron mirando consternados. No había entendido el juego. Más adelante, aquello empezó a afectar su carrera académica; cuando el profesor pedía que alguien levantara la mano para dar la respuesta, él nunca lo hacía aunque supiera la contestación a la pregunta. Tampoco pudo ayudarse nunca en los exámenes escribiéndose nada en las manos, puesto que todo se le emborronaba. Ya en casa, tras una rápida inspección de su zona más íntima, descubría, impreso al revés, lo que parecía el peso molecular del cloruro de sodio. Finalmente, decidió comentarle su problema a un amigo. Éste le recomendó que visitara un profesional, a lo que él respondió: ¿Y quién va a hacérmelas mejor que yo? No, puntualizó el amigo, digo para dejarlo. Visitó entonces la consulta de un prestigioso psiquiatra, quien para hacerse una idea de la magnitud de su problema le preguntó: ¿cuántas veces se masturba al día? Depende del día. El doctor insistió: Concretemos más. por ejemplo, ¿cuántas veces lo ha hecho hoy? Él respondió con otra pregunta: ¿Contando ésta? Comprobada la gravedad del asunto, el psiquiatra le aconsejó que acudiera a un grupo de onanistas anónimos, donde podría compartir experiencias con gente que sufría de su misma patología. Lo primero que llamaba la atención de aquel lugar eran unos grandes carteles colgados en las paredes, donde se leían citas bíblicas que debían servir de ayuda: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mateo 6:3)”. Nada más entrar, se dio cuenta de que allí había muchos más baños de lo que era normal en cualquier local, ya que la gente los visitaba con la misma frecuencia que un grupo de pacientes de cistitis. Él mismo, apenas tardó diez minutos en hacer uso de ellos. En una primera impresión juzgó que aquel se trataba de un grupo bastante anárquico. Llevaban años funcionando, pero todavía no habían sido capaces de nombrar un presidente. Se intentó elegir varias veces uno a mano alzada, pero no hubo ningún voto. Después, a alguien se le ocurrió la brillante idea de escogerlo con la pajita más corta y lo único que se consiguió fue una recaída en masa. Al menos, esta vez nadie le miraría con sorpresa. También llamaba la atención la frialdad con la que se trataba la gente, que se saludaba con un gesto de la cabeza sin darse la mano. Poco tardó en descubrir que aquello no era por frialdad, sino por higiene. El caso más grave que conoció en aquellas reuniones fue el de unos gemelos con personalidad múltiple, que acudían a las reuniones por sextuplicado. Con el tiempo dejó de asistir. Los grupos no eran lo suyo. Quizá su problema no tendría solución, y después de todo, ¿no es la masturbación el mayor acto de libertad del individuo?

Por Jose Torres

Sólo

Sólo soy un homínido que no ha dejado de tener miedo
Sólo soy un homínido que ha aprendido a no ser inmortal
Sólo soy un homínido devorado por las fauces del tiempo
Sólo soy un homínido mirando a través de su propio cristal

Por Jose Torres

Hipótesis


Somos seres fundamentalmente hipotéticos; confundimos lo que somos con lo que queremos ser, el propósito con la realización, la teoría con la praxis. Antes de tomar una decisión, hay que estar en posición de poder tomarla. Es posible que la vida no te haya dejado elegir. Demos gracias. Rara vez estamos a la altura de nuestros principios. Todo lo demás son sólo hipótesis.

Por Jose Torres

Cansado de perder


Estoy cansado de perder. En mi vida no he conocido más que la derrota. Mi aliento ya no da para más. Por una vez, querría sentirme parte del rebaño, de este ambiente hostil que me rodea hasta la asfixia. Me gustaría, aunque sólo fuera por un instante, poder paladear el sabor de la victoria, ser uno con el mundo y la especie que me sitia. Sería genial dejarme llevar por la avaricia desmesurada, querer siempre más, sin límite, sin escrúpulos, aunque fuera a costa del hambre de mi vecino. Resultaría tranquilizador formar parte de aquellos que siempre se salen con la suya, de los que matan y torturan con la impunidad de asesinos legales, de aquellos que exterminan en nombre de la libertad y el orden establecido. Quisiera hacer de la hipocresía mi único credo, mentir con descaro y arrogancia, convivir con el cinismo con el que se siguen los grandes crucifijos de madera, sin dejar que perturbaran mi conciencia las atrocidades cotidianas. Sería un descanso permitir que las mentiras corrompieran hasta mi última neurona, alimentar mi alma de inmundicia sin sentir en mis labios el sabor amargo de vómito  ¡Qué placidez vivir en el mundo como si nada tuviera que ver conmigo!, sin creerme culpable de la parte que me toca en esta realidad que nos circunda, ajeno en la dulce calidez de una neutralidad sedante. También sería divertido convertirme en uno de esos vociferantes lameculos que vitorean sin reservas ni descanso a aquellos cuyo linaje creen mejor que el suyo propio, y a los que para identificar su majestuosa grandiosidad, ciñen en sus sienes, doradas coronas ante las que poder arrodillarse. Un día, sólo por un día, me gustaría ser un tipo de derechas.

Por Jose Torres

Fue



Fue tal día como hoy, aunque no era 16. Fue un nacimiento que no constará en ningún registro. Fue el comienzo y también el fin. Fue consecuencia del firme pulso del destino tras la enigmática máscara del azar.

Por Jose Torres

enero 02, 2014

Bendiciones

Bendiciones
por Jose Torres


Bendito sea el fruto de vuestro vientre. Benditas las lágrimas que inundan sus mejillas con tibios riachuelos de amargura. Bendito sea siempre el sudor salado que empapa su frente gota a gota. Bendita su sangre, derramada eternamente, como un aceite viscoso que lubrica la rueda que un día ha de aplastaros ¿Es que sólo yo escucho sus voces?

noviembre 10, 2013

Caos (II)

Caos (II)
por Jose Torres


La vida es como un largo etcétera. Un mañana como ayer. Silencio.  No sos vos, soy yo, aunque también un poco tú. Más silencio. Estoy solo en esta isla. Viernes resultó ser un coco y tampoco me entiende. Dormido, a veces, parezco normal. Monotonía de lluvia tras los cristales. Monotonía de vida ante los cristales. Si sólo me hubieran robado el mes de abril, al menos me quedarían once. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, lo cual habla bastante mal de mi vida. Miénteme, dime que quieres a mis padres. Murió como un héroe, practicando sexo oral con la nariz congestionada. Si tú me dices ven, es que algo quieres de mí. ¿Hablo yo o pasa un carro? Mejor que pase un carro. Tócala otra vez. Eso se paga aparte del polvo. Más silencio. Eres lo que más quiero en el mundo, dijo mirándose a un espejo. Un día me moriré, aunque sea lo último que haga en la vida. Fin.

octubre 27, 2013

Desesperación

Desesperación
por Jose Torres 


Pasan de las dos de la madrugada. La ciudad duerme. Casi toda. Existen distintas formas de no dormir. Hay una pragmática, la que te obliga a conducir un taxi por calles vacías o amasar el pan en la desmayada luz de un obrador. Otras son más lúdicas. En este preciso instante es muy probable que alguien estará alcanzando el culminante momento del orgasmo, acompañado o no, aunque acompañado no siempre significa compartido. También es posible que trabajo y placer crucen sus caminos, pues hay en el mundo quien se gana su sustento alcanzando o haciendo alcanzar orgasmos. Ninguno de estos casos es el mío. Mi insomnio hoy es menos lúdico y/o pragmático. Los dos imbéciles de abajo, con sus voces monocordes de disco escuchado al revés, me rompen el sueño. Allá en el nuevo continente añadirían que también les rompen las pelotas. Ni siquiera son una pareja teniendo sexo. Sería más ameno, más humano, más compensible. Al menos, podría darle uso al estetoscopio. Lo de los imbéciles entra más bien en la categoría de las invasiones bárbaras. Cuánta palabra para no decir nada. Qué manera más absurda de despilfarrar el silencio. Siento la misma desesperación de Meursault cuando le privan del tabaco en la cárcel. Yo vivo también en una prisión, sin barrotes, de paredes invisibles y metafóricas unas veces, de una fisicidad verde manzana las otras. Éstas y aquellas encierran un espacio cada vez más estrecho. Ya no cabe ni el silencio, y eso, he de asumirlo, es parte de la pena. ¿Mi crimen? Ser, existir como este ente que soy yo mismo.