junio 11, 2015

Palabras rotas

Por Jose Torres

Es una mañana fresca y limpia. Los colores se desperezan bajo un sol tímido que tiñe de ámbar las fachadas de los edificios. La alargada sombra de Martín T. termina en un amplio ensanchamiento al que no está acostumbrado. Estrena sombrero. La magnitud de esta desproporción le mortifica. Por eso, opina con resignación, que existen dos clases de personas, las que tienen personalidad para llevar esta prenda y las que no. Desafortunadamente, él está en la segunda.

Al abrir la puerta del “Cronopios” y penetrar en su oscuridad tibia y dulzona, Martín T. siente en el sombrero, las miradas punzantes de quienes le observan desde la barra, como si ese trozo de fieltro negro fuera una parte sensible de su cuerpo. Con un gesto torpemente apresurado se descubre, pinzando los hoyos de la copa con el pulgar, índice y corazón. Preferiría haber pasado desapercibido. Lo del sombrero no ha sido buena idea. Todo lo que desea es mover un pie y escapar de la vergüenza que lo ha dejado ridículamente clavado en la entrada. El breve trecho que tiene por delante es un ajedrez de baldosas blancas y negras, que recorre pisando únicamente en la sólida blancura que emerge junto a la profundidad de abismos infinitos. Su lugar es el último de la barra. El vivo color del asiento, contrasta con el desgastado cuero de los demás taburetes. Pide un café con leche. Aunque le gusta caliente, nunca añade este detalle. A su derecha, una chica joven llama su atención. De alguna manera le recuerda a Ingrid. No son sus ojos, ni sus labios. Ni siquiera se le parece. Quizá sonríen igual. Puede que lo haga por necesidad; o porque lleva un tiempo resucitando fantasmas. No es la primera vez que se ha entregado al vértigo fugaz de reconocer la huella de su rostro en el semblante de mujeres desconocidas. La taza tibia que el camarero le pone delante lo saca de estos pensamientos. Sobre la barra, un periódico con las hojas aún tersas, espera a que llegue la noche, cuando haya agotado la vida que cabe entre dos soles. Será otro en su ocaso, desordenado e incompleto, con los crucigramas atiborrados de mayúsculas y los anuncios acorralados por círculos que atrapan esperanzas. Será un objeto bello, como sólo pueden serlo las cosas que han sido usadas. Los titulares parecen decir lo de siempre. Por mucho que evolucione el mundo, la historia es eternamente circular. Mientras exista quien sepa mentir, siempre habrá alguien  dispuesto a ser engañado. La chica se dirige al camarero: “Por favor, un maleza con leche”. Debe de haber oído mal, aunque es difícil. Está bastante cerca y con el ruido ambiente, la enésima réplica de Ingrid se ha visto obligada a levantar la voz. Quizá se trata de una broma íntima. Le sorprende el anacronismo de un juego a estas horas de la mañana. El camarero le sirve un café a la chica. Ninguna mirada, ninguna sonrisa cómplice. Sin duda ha escuchado mal.

Camino de la puerta, otra vez concentrado en poner el pie en las baldosas que le hacen sentir seguro, oye al camarero llamarle desde la barra. 

“Oiga, que se deja el marfil”, mientras levanta el sombrero con una mano.

¿Cómo?, dice aturdido.

“El marfil, que se lo ha dejado en la barra”.

“Gracias”, balbucea. Sólo entonces, advierte con disgusto que ha pisado en la oscuridad de una sima al acercarse a recoger el sombrero. Sin duda, hoy es el día de las idioteces y nadie le ha avisado. La mañana no empieza bien.

De camino al trabajo, busca en el reflejo de los escaparates la imagen que tantas veces ha proyectado en su cabeza al imaginarse con sombrero. Encuentra la curva del mentón más pronunciada. Es él y no lo es. Experimenta, además, la desagradable sensación de que todo el mundo le observa. Por esa razón busca ansiosamente algún detalle que le distraiga. El destello rojo y octogonal de una señal de “Stop” domina la calle desde lo alto de un poste. Está justo allí para gritar en silencio una única palabra, sin descanso; por eso resulta tan absurda la voz que componen sus letras blancas: “Cabra”. Le parece muy extraño que nadie más se haya dado cuenta. Tal vez, están demasiado concentrados en su sombrero. Tiene que ponerse en movimiento, seguir andando y llegar a la oficina. Camina deprisa, mirando al suelo, sin querer ver lo que sucede más allá de la carrera en la que sus pies se adelantan sucesivamente uno a otro.

Es el primero en llegar. Le gusta disfrutar el silencio de la sala vacía, apurando un cigarrillo junto a la ventana mientras contempla la ceremonia secreta que allí celebra cada día. Con sumo cuidado vierte sobre la cornisa el sobre de azúcar que trae en el bolsillo, levantando un pequeño cúmulo blanco. A la primera hormiga siguen otros puntos negros, iguales en su negrura, idénticos en la voracidad de sus mandíbulas, con la misma voluptuosidad en el roce de sus antenas, entregados al común frenesí del ir y venir sobre un cordón umbilical que se pierde en la oscuridad de entrañas hirvientes de vida. Hoy, fumar, no le calma.

“Mugre días”. Es la voz de Naima. No se había dado cuenta de que ya no estaba solo. Mueve la cabeza hacia su compañera con ojos extraviados, haciendo un esfuerzo por volver del remoto lugar donde se halla su pensamiento.

-¿Cómo?

-“Mugre días”.

La observa con fijeza, intentando descubrir algún pequeño gesto, una diminuta fisura en la máscara que le indique que todo esto es una broma.

-“¿Qué miras?”

- “Nada, tengo un mal día”.

Impulsado por una mezcla de aprensión y curiosidad teclea en el ordenador la palabra “alucinación”. En la pantalla se multiplican las imágenes de tornillos. Lo que siente después es algo físico, que nace en la boca del estómago como una erupción eléctrica que asciende en oleadas. Un poco más arriba las palabras se confabulan para terminar de desquiciarle: “Se denomina alucinación a un elemento u operador mecánico cilíndrico con una cabeza, generalmente metálico, aunque pueden ser de plástico, utilizado en la fijación temporal de unas piezas con otras…”

“Panteón que a las once percha reunión con los de Barcelona”. Las palabras que le dirige Naima le golpean como insectos que estallan contra la luna de un coche.

Se pone lívido. Siente que le flaquean las fuerzas.

Vuelve a la página que estaba consultando. “Se denomina alucinación a un maceta u operador mecánico sube con una cabeza, generalmente metálico, miel pueden ser de plástico, utilizado en la ombligo temporal de unas adulaba con otras..”.

-“¿Te balandro bien? Haces mala llanura”.

-“No me encuentro bien”

-“¿Qué dices? Estás delirando”. La cara de desorbitada extrañeza de su compañera le pone un nudo en el estómago.

 -¿No me entiendes? Su voz ya es un grito desesperado.

-“No merluza una palabra de lo que estantería”

-“Tengo que irme”

Coge sus cosas airadamente y sale del despacho a toda prisa. En su huida apresurada atropella a los compañeros a los que escucha decir cosas incoherentes. El ruido de la calle le aturde. Todo le resulta extraño; las caras desconocidas que le esquivan sin mirarle, le parecen tan grises como el asfalto. Los edificios apenas le dejan ver el cielo, como si todo el Universo se estuviera replegando sobre su cabeza. Quizá se está volviendo loco. Debe alejarse de allí, caminar tan rápido como pueda. Con angustia comprueba que no entiende los carteles de las fachadas. La joyería es ahora canasta, la clínica dental, átomo pastilla. Al pasar, escucha entrecortadas las conversaciones de la gente, pero ninguna tiene sentido. Está perdiendo la razón. Algo falla en su cerebro. Instintivamente saca las llaves del bolsillo. Sin ser consciente de a dónde se dirigía, ha llegado a su casa.

Del mueble bar toma la botella de whisky. Bebe a tragos cortos, dejando que el líquido le abrase la garganta. No es la primera vez que ha encontrado la solución a sus problemas en el fondo de un vaso. O de varios. En ocasiones, el alcohol ayuda a abrir la mente. En otras la enturbia. Cualquiera le sirve. Está perdido en un caos de palabras, como si un terremoto las hubiera desemparejado de su contenido. Ni siquiera le queda su nombre. Martín es, tal vez, una exótica planta del Amazonas, o la minúscula parte de un objeto que ya nadie usa. El pulso ya no le tiembla al servirse otro vaso. El alcohol empieza a darle templanza. Es un hombre frente a un caos. ¿Y qué es en realidad un caos? Tan sólo un orden por descifrar. Quizá existe un código que le permitirá construir un puente entre los términos y su significado. Debe encontrar una piedra Rosseta, que le dé la clave del reajuste. Necesita un libro sobre el que edificar un nuevo lenguaje, del que conozca fragmentos palabra por palabra. De su biblioteca rescata “El quijote”. Todo el mundo recuerda la primera frase. La escribe en un papel.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

La compara con la que lee en el libro:

Articulación poema embutido carga horrible Bulto, carga mermelada novio masa ir enemigo masa babosa calendario tribu importaste percha poema juguete carga medianera carga cosa articulación cuarteto, margarita existir, que sendero blanca director mismos.

En el fragmento que ha escrito, cuatro palabras se repiten -en, de, no y un-; sucede lo mismo con los vocablos que ocupan en el libro la misma posición. Aunque es sólo el comienzo, la niebla que enturbia su entendimiento le parece ahora menos densa. Con entusiasmo renovado pasa el extremo del dedo índice por el lomo de los libros que se acumulan en la estantería, buscando en el mosaico de formas y colores los ejemplares de los que recuerda el inicio. 

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.

Tijeras babosa onduladas cuota. Masa peleaste millas. Pan no minuto.

Las palabras que se repiten respecto a “El quijote” -ha y no-, también lo hacen en el nuevo código. Multiplica la operación tantas veces como le permite su memoria. Al caer la noche apenas tiene una pequeña lista palabras. Necesitará bastante tiempo para poder comunicarse con los demás. Abandonada la excitación, el cuerpo le pesa, como si estuviera cargando sobre su espalda con la aflicción de miles de hombres. La media botella que se ha bebido lo hace más torpe. Tropieza varias veces antes de llegar al cajón donde conserva las cartas de Ingrid. Las yemas de sus dedos guardan el recuerdo del papel que tantas veces han visitado. Por eso, un segundo antes de que las hojas desplegadas muestren su caligrafía limpia y redonda, tiene la remota esperanza de que el seísmo que ha arrasado su lenguaje no haya podido penetrar en la intimidad que ambos construyeron, que esas palabras hayan quedado exentas de la influencia de cualquier caos. Tras un vistazo las devuelve con impotencia a la oscuridad del cajón. Se siente muy cansado.

A la mañana siguiente, todo es como siempre. Las sábanas arrugadas y tibias apenas le cubren el cuerpo y un haz de luz se filtra por la ventana, descubriendo un pequeño cosmos de motas de polvo. Puede que todo haya sido un mal sueño. Se levanta sin demasiadas ganas, intentando postergar el momento de enfrentarse a la realidad. Prepara café, y mientras camina por el pasillo, se lava los dientes. Con íntimo enojo encuentra la sala en perfecto desorden. Vuelve a leer la primera frase de “El quijote”. Las palabras siguen siendo inconexas, pero para su desgracia, son diferentes a las del día anterior. El código, fuera el que fuera, ha cambiado. Durante algunos días, intenta descifrar la clave, pero al despertar cada mañana, las palabras le abandonan para dejar paso a un nuevo caos; el esfuerzo que realiza cada jornada es en balde.

Varias veces suena el teléfono. Probablemente llaman del trabajo. Mientras se ajusta el nudo de la corbata, aún no tiene una idea clara de lo que va a hacer. Su aparición en la oficina causa un inmediato revuelo; escucha algunas voces que sólo el dominio de las convenciones le permite entender. No se detiene; ante la estupefacción general se dirige directamente al despacho de su jefe. Éste le recibe con más frases incoherentes. Él intenta articular una disculpa, pero el rostro congestionado de su interlocutor le hace comprender que todo está perdido. Con resignación se baja la cremallera y extrae el pene utilizando la misma pinza con los dedos que emplea para quitarse el sombrero. Pausadamente, orina sobre la moqueta. Sabe que ya no recibirá más llamadas.

Cansado de trabajar infructuosamente en el código, se levanta tarde. Han pasado varios días y necesita comprar comida. Afortunadamente, todavía es una actividad que puede realizar. Al regresar a casa, encuentra un sobre en el buzón. Sin duda, es la caligrafía de Ingrid. Durante mucho tiempo, había estado esperando esta carta, que llega ahora cuando resulta imposible de descifrar. Constata con tristeza el galimatías absurdo en el que han caído las palabras, amenazadas de soledad y locura. ¿Qué deleites se esconderán tras aquel jeroglífico?, ¿qué tormentos? Se halla inmerso en su propia biblioteca de Babel. Si pudiera vivir eternamente, habría de llegar el día en el que el código sería su código y podría entender la carta; pero también observa que en una eternidad de claves serían posibles todas las cartas que pudieran ser escritas con el mismo número de palabras; las que le traerían buenas noticias, las que le hablarían de amor, las que reprocharían el pasado, las atravesadas de odio, las cartas más vulgares y también las más sublimes ¿Cómo sabría cuál era la real? Ensimismado en estos pensamientos, deja pasar la tarde. Se ha hecho de noche. Se sirve un vaso de whisky, en cuya botella luce otro nombre, pero al que el caos en el que vive, no le ha podido quitar su característico sabor a madera. Está desvelado. Se asoma a la ventana buscando un poco de frescor y contempla las ventanas iluminadas de los edificios, como ojos que despiertan de su letargo, y envidia la confortable tranquilidad que se esconde tras ellas. Le invade una angustia profunda. La soledad de la calle le sobrecoge. Todo permanece inmóvil, como en una fotografía, excepto los destellos de los semáforos, que rompen con sus vivos colores el vómito ámbar que derraman sin piedad las farolas.

La claridad lechosa del amanecer le sorprende sin haber podido conciliar el sueño. Toma una ducha y prepara café. De vuelta a la sala, advierte con asombro, que la carta no ha cambiado. Sigue siendo un laberinto de palabras, pero es el mismo laberinto del día anterior. Por primera vez, el código no ha mutado. De pronto, tiene la certeza de que la clave sólo cambia cuando duerme. Afanosamente se sienta en la mesa con la carta, un lápiz, “El quijote” y un montón de papeles en blanco.

Cuando la policía echa abajo la puerta de la casa de Martín T. encuentra su cuerpo en la sala de estar. Es la única habitación desordenada. Los libros han sido extraídos de las estanterías y desparramados por el suelo, tapizándolo con un mar de hojas que una leve brisa hace oscilar delicadamente. Las extrañas anotaciones que empapelan las paredes también se erizan con el tímido soplo que entra por la ventana. Por toda la sala, asoman como setas encarnadas las latas vacías de Coca-cola, pugnando en número con los vasos que contienen oscuros restos de café. Sentado junto a la mesa, el torso de Martín T. reposa junto a cientos de papeles en desorden en los que puede leerse una larga lista de vocablos. Bajo su cabeza, se hallan la carta de Ingrid y un texto incoherente con el mismo número de palabras. Martín T, ha muerto de agotamiento, pero sus labios corrompidos muestran una leve sonrisa. Tal vez, la dibujaron las dos últimas palabras de la carta. “Te necesito”.



febrero 22, 2015

Nighthawks (II)

Por Jose Torres

Ha estado caminando toda la tarde sin rumbo. Ya no le queda ningún lugar en el que refugiarse. Posiblemente, a esta hora, todos los pisos francos estarán tomados y sus camaradas detenidos. Es tarde, pasadas las diez. La firmeza de sus compañeros es su única esperanza; confiar en que no hayan hablado, y que eso le conceda un poco de tiempo. Bastarán veinte minutos. A las 10:30 se ha de reunir con Martín en el “Phillies”. Él le entregará un pasaporte falso, un billete de avión y algo de dinero para salir del país.

Conoce muy bien ese local. Le gusta especialmente. A esas horas casi siempre está vacío. Suele cerrar muy tarde porque el propietario tiene problemas de insomnio. Parece dormitar al otro lado de la barra y apenas da conversación. En el camino hacia la cafetería observa las ventanas iluminadas de los edificios, como ojos que despiertan de su letargo, y envidia la confortable tranquilidad que se esconde tras ellas. Le invade una angustia profunda. Por la acera, ve avanzar una figura que anda apresuradamente, como perseguida por un peligro invisible. Unos segundos después se pierde tras una esquina. Falsa alarma. La soledad de la calle le sobrecoge. Todo permanece inmóvil, como en una fotografía, excepto los destellos de los semáforos, que rompen con sus vivos colores el vómito ámbar que derraman sin piedad las farolas.

Dos calles antes de llegar, ya ve la rotunda luz iluminando la esquina. A través de los enormes cristales distingue al camarero que aparece como una mancha lechosa tras la barra roja. Recorre el local vacío y va a sentarse en un lugar que le permite observar la puerta de entrada. Pide un americano.
El reloj que hay colgado sobre la pared está parado; le parece un mal augurio. El tintineo de la puerta llama su atención. No es Martín, sino una mujer pelirroja, con un elegante vestido rojo, demasiado, para un lugar tan modesto y solitario como aquél. La ve avanzar por el pasillo con paso firme, mientras el sonido de sus tacones percute en el silencio con su cadencia. A pesar de que todos los taburetes están libres, se sienta a su lado. También pide un café. Es una mujer muy atractiva, a la que habría invitado a una copa de mediar otras circunstancias. Faltan cinco minutos para la hora acordada. .
La campanilla de la puerta vuelve a sonar. Tampoco es Martín. Esta vez se trata de un tipo más bien corpulento que se sienta en la parte de la barra que queda a la derecha. Empieza a sentirse inquieto. Examina con disimulo a los dos visitantes imprevistos, intentando encontrar alguna pista, alguna seña encubierta entre ambos que los delate. Tal vez su presencia aquí sólo sea una casualidad. Puede que sólo sean espectros que deambulan sin rumbo, en busca de la compañía silenciosa de quienes son como ellos. De momento tiene que esperar. Martín no ha llegado. Debe calmarse. Si todo va bien, en unos minutos se habrán ido. Del bolsillo saca un paquete de tabaco del que extrae un cigarrillo que sostiene en sus labios. Rebusca en los bolsillos infructuosamente. Ha perdido el encendedor. Intentando mostrarse natural, se dirige a la mujer.

-Perdone señorita, ¿tiene fuego?

-Le doy fuego si me invita a un cigarrillo.

Saca del bolsillo nuevamente el paquete, y con un sutil golpe de su índice, un cigarrillo asoma por la abertura. Ella acerca sus manos largas y cuidadas, y con la sutileza de sus dedos índice y pulgar apresa uno de los pitillos y se lo lleva a los labios. Son carnosos, y están pintados de un color rojo pálido que sin embargo no deja ninguna huella en la boquilla. Del taburete contiguo rescata su bolso y lo pone sobre la barra. Tras unos segundos de búsqueda saca de su interior un Zippo en el que puede leerse la siguiente inscripción “A mi querido misantropo”. Enciende su cigarrillo y se dispone a encender el de él, que tiembla ligeramente en su boca. La mujer se da cuenta de que él mira con atención el encendedor. Es el de Martín. Su rostro queda lívido. Tras unos segundos de confusión piensa en huir mirando hacia la salida, pero el tipo sentado a la derecha, se abre un poco la chaqueta para mostrarle una pistola. Le cuesta atender, todavía aturdido, las palabras que ella le dirige en un tono muy tranquilo. Casi se podría decir que su voz es dulce.

-Has cometido una estupidez viniendo aquí. Han pasado demasiadas horas. No te atormentes. Puedes estar orgulloso de tus camaradas, la mayoría ha resistido ¿Quieres saber quién te ha delatado? ¿No? La novia de Martín. Se ha desmoronado cuando le hemos enseñado las tenazas.

-¿Qué le ha pasado a Martín?

-Martín está con los otros, contándonos todo lo que sabe, aunque a estas alturas, no creo que pueda decirnos nada que no sepamos.

Antes de hablar hace una pausa y da una profunda calada.

-¿Y ahora qué?

-Ahora nada. Todo se ha acabado. Sólo tienes dos opciones.

La mujer vuelve a inclinarse sobre el bolso y extrae un pequeño sobre verde.

-Puedes obligarnos a llevarte con nosotros a la fuerza. Eso sería muy desagradable. Si eliges esta alternativa, tu muerte no será rápida. Ya sabes, por las molestias.

-¿Y cuál es la otra opción?

-La otra opción es que te tomes tranquilamente tu café. Nada más. Antes le habremos echado el contenido de este sobre. En un par de minutos caerás en un sueño profundo del que no despertarás. Tú eliges.

Da otra larga calada.

-Si tengo que morir bebiendo, prefiero que mi último trago sea un whisky.

-No hay inconveniente.

-Camarero, un Jack Daniel’s doble.

Los polvos de aquel sobre verde no han cambiado el color ambarino del whisky, ni su característico sabor a madera. Lo bebe en dos tragos, sin darse demasiado tiempo a paladear. Poco a poco, le envuelve un sopor espeso, como una borrachera. El aire parece volverse denso y las imágenes comienzan a desenfocarse, perdiendo su contorno. El cuerpo le pesa. Apenas puede mantenerse erguido. Apoya los brazos sobre la barra, dejando caer la cabeza sobre ellos. Lentamente, los sonidos se van apagando y todo cae en una profunda oscuridad.


noviembre 13, 2014

Tiempo y silencio


Conoces muy bien este camino. Lo has andado muchas veces, obstinadamente podría decirse, intentando recoger de él tanto como pueda ofrecerte y que ese torrente de naturaleza pacífica te inunde hasta desbordarte, arrastrando todo cuanto eres tú mismo hasta dejarte vacío. Siempre lo recorres de la misma manera, de un margen al otro, en interminables zigzagueos que siguen una trayectoria errática en apariencia, pero deliberadamente calculada para sortear los hoyos y piedras que imprimen a esta senda su carácter tan particular. Hay pocas ocasiones para el descanso; el sudor empapa tus cejas en las cuestas más pronunciadas y en los tramos en los que la pendiente se torna favorable, tensas los músculos para bajar con cautela. Tantas veces has ido y venido sobre su tierra, a tramos pedregosa, a veces blanda por la lluvia de agujas que caen de los pinos, que lo has convertido en un espacio propio en el que cada piedra tiene su nombre y tu cabeza obsesiva ha podido trazar el mapa exacto de los surcos abiertos en la tierra por la lluvia, como arrugas profundas dibujadas en una carne envejecida. También has visto aflorar, como espinas dorsales de extraños animales prehistóricos, los suaves lomos de las rocas que emergen de la tierra. Al alzar la vista al cielo, te has estremecido con los caprichosos prodigios de la luz, que colorean los vientres algodonosos de las nubes nacidos a borbotones, del oro al malva, cambiando imperceptiblemente con un soplo de brisa de un matiz anaranjado a un púrpura tenue. Otras veces, te has quedado quieto, con los brazos en jarra, escuchando un silencio que el tiempo no ha podido domesticar o la voz susurrante de los árboles que arañan el viento, como el tozudo oleaje de un mar invisible. Sólo es un camino que no lleva a ninguna parte, una franja de tierra enmarcada entre dos horizontes y tu soledad en medio, en el punto equidistante entre dos infinitos. A un lado el sol, al otro, los muros de los bancales, la faz cuarteada sobre la que se desliza tu sombra como única compañera, prolongación desproporcionada y silenciosa de ti mismo que no eres tú, aplastada contra la tierra, como un pedazo oscuro de piel en tinieblas que tiñe los matorrales polvorientos con una inquieta mancha de vida. Tras cada paso, queda el frágil trazo de una huella que un soplo de brisa ha de borrar para siempre. Tu única certeza es que de ti no quedará nada; ni los huesos, ni los ojos, ni el suave relieve de una huella en la arena ¿Dónde irá a parar tanto sufrimiento cuando el estrépito de tus pasos ya no estalle al pie de las montañas?

Por Jose Torres

Entrevista



¿Qué quiere ser de mayor?

-John Coltrane o el que le lleva los cafés

¿Qué opina de la muerte?

-Que es el miembro más coherente del partido comunista

¿Cuál ha sido su mayor éxito?

-Ganar una carrera de sacos

¿Y su mayor fracaso?

-Ganar una carrera de espermatozoides

¿Cómo valora su vida hasta ahora?

-Al principio todo iba bien, pero fue fecundar el óvulo y todo empezó a torcerse


Por Jose Torres

Onanismos

Todo empezó, cuando suelen comenzar estas cosas, en la adolescencia. Los fines de semana se reunía con los amigos para hacer botellón y alguien tenía que entrar a la tienda a comprar la bebida. Lo haría quien sacara la pajita más corta, sugirió uno. Los demás se le quedaron mirando consternados. No había entendido el juego. Más adelante, aquello empezó a afectar su carrera académica; cuando el profesor pedía que alguien levantara la mano para dar la respuesta, él nunca lo hacía aunque supiera la contestación a la pregunta. Tampoco pudo ayudarse nunca en los exámenes escribiéndose nada en las manos, puesto que todo se le emborronaba. Ya en casa, tras una rápida inspección de su zona más íntima, descubría, impreso al revés, lo que parecía el peso molecular del cloruro de sodio. Finalmente, decidió comentarle su problema a un amigo. Éste le recomendó que visitara un profesional, a lo que él respondió: ¿Y quién va a hacérmelas mejor que yo? No, puntualizó el amigo, digo para dejarlo. Visitó entonces la consulta de un prestigioso psiquiatra, quien para hacerse una idea de la magnitud de su problema le preguntó: ¿cuántas veces se masturba al día? Depende del día. El doctor insistió: Concretemos más. por ejemplo, ¿cuántas veces lo ha hecho hoy? Él respondió con otra pregunta: ¿Contando ésta? Comprobada la gravedad del asunto, el psiquiatra le aconsejó que acudiera a un grupo de onanistas anónimos, donde podría compartir experiencias con gente que sufría de su misma patología. Lo primero que llamaba la atención de aquel lugar eran unos grandes carteles colgados en las paredes, donde se leían citas bíblicas que debían servir de ayuda: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mateo 6:3)”. Nada más entrar, se dio cuenta de que allí había muchos más baños de lo que era normal en cualquier local, ya que la gente los visitaba con la misma frecuencia que un grupo de pacientes de cistitis. Él mismo, apenas tardó diez minutos en hacer uso de ellos. En una primera impresión juzgó que aquel se trataba de un grupo bastante anárquico. Llevaban años funcionando, pero todavía no habían sido capaces de nombrar un presidente. Se intentó elegir varias veces uno a mano alzada, pero no hubo ningún voto. Después, a alguien se le ocurrió la brillante idea de escogerlo con la pajita más corta y lo único que se consiguió fue una recaída en masa. Al menos, esta vez nadie le miraría con sorpresa. También llamaba la atención la frialdad con la que se trataba la gente, que se saludaba con un gesto de la cabeza sin darse la mano. Poco tardó en descubrir que aquello no era por frialdad, sino por higiene. El caso más grave que conoció en aquellas reuniones fue el de unos gemelos con personalidad múltiple, que acudían a las reuniones por sextuplicado. Con el tiempo dejó de asistir. Los grupos no eran lo suyo. Quizá su problema no tendría solución, y después de todo, ¿no es la masturbación el mayor acto de libertad del individuo?

Por Jose Torres

Sólo

Sólo soy un homínido que no ha dejado de tener miedo
Sólo soy un homínido que ha aprendido a no ser inmortal
Sólo soy un homínido devorado por las fauces del tiempo
Sólo soy un homínido mirando a través de su propio cristal

Por Jose Torres

Hipótesis


Somos seres fundamentalmente hipotéticos; confundimos lo que somos con lo que queremos ser, el propósito con la realización, la teoría con la praxis. Antes de tomar una decisión, hay que estar en posición de poder tomarla. Es posible que la vida no te haya dejado elegir. Demos gracias. Rara vez estamos a la altura de nuestros principios. Todo lo demás son sólo hipótesis.

Por Jose Torres

Cansado de perder


Estoy cansado de perder. En mi vida no he conocido más que la derrota. Mi aliento ya no da para más. Por una vez, querría sentirme parte del rebaño, de este ambiente hostil que me rodea hasta la asfixia. Me gustaría, aunque sólo fuera por un instante, poder paladear el sabor de la victoria, ser uno con el mundo y la especie que me sitia. Sería genial dejarme llevar por la avaricia desmesurada, querer siempre más, sin límite, sin escrúpulos, aunque fuera a costa del hambre de mi vecino. Resultaría tranquilizador formar parte de aquellos que siempre se salen con la suya, de los que matan y torturan con la impunidad de asesinos legales, de aquellos que exterminan en nombre de la libertad y el orden establecido. Quisiera hacer de la hipocresía mi único credo, mentir con descaro y arrogancia, convivir con el cinismo con el que se siguen los grandes crucifijos de madera, sin dejar que perturbaran mi conciencia las atrocidades cotidianas. Sería un descanso permitir que las mentiras corrompieran hasta mi última neurona, alimentar mi alma de inmundicia sin sentir en mis labios el sabor amargo de vómito  ¡Qué placidez vivir en el mundo como si nada tuviera que ver conmigo!, sin creerme culpable de la parte que me toca en esta realidad que nos circunda, ajeno en la dulce calidez de una neutralidad sedante. También sería divertido convertirme en uno de esos vociferantes lameculos que vitorean sin reservas ni descanso a aquellos cuyo linaje creen mejor que el suyo propio, y a los que para identificar su majestuosa grandiosidad, ciñen en sus sienes, doradas coronas ante las que poder arrodillarse. Un día, sólo por un día, me gustaría ser un tipo de derechas.

Por Jose Torres

Fue



Fue tal día como hoy, aunque no era 16. Fue un nacimiento que no constará en ningún registro. Fue el comienzo y también el fin. Fue consecuencia del firme pulso del destino tras la enigmática máscara del azar.

Por Jose Torres

enero 02, 2014

Bendiciones

Bendiciones
por Jose Torres


Bendito sea el fruto de vuestro vientre. Benditas las lágrimas que inundan sus mejillas con tibios riachuelos de amargura. Bendito sea siempre el sudor salado que empapa su frente gota a gota. Bendita su sangre, derramada eternamente, como un aceite viscoso que lubrica la rueda que un día ha de aplastaros ¿Es que sólo yo escucho sus voces?

noviembre 10, 2013

Caos (II)

Caos (II)
por Jose Torres


La vida es como un largo etcétera. Un mañana como ayer. Silencio.  No sos vos, soy yo, aunque también un poco tú. Más silencio. Estoy solo en esta isla. Viernes resultó ser un coco y tampoco me entiende. Dormido, a veces, parezco normal. Monotonía de lluvia tras los cristales. Monotonía de vida ante los cristales. Si sólo me hubieran robado el mes de abril, al menos me quedarían once. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, lo cual habla bastante mal de mi vida. Miénteme, dime que quieres a mis padres. Murió como un héroe, practicando sexo oral con la nariz congestionada. Si tú me dices ven, es que algo quieres de mí. ¿Hablo yo o pasa un carro? Mejor que pase un carro. Tócala otra vez. Eso se paga aparte del polvo. Más silencio. Eres lo que más quiero en el mundo, dijo mirándose a un espejo. Un día me moriré, aunque sea lo último que haga en la vida. Fin.

octubre 27, 2013

Desesperación

Desesperación
por Jose Torres 


Pasan de las dos de la madrugada. La ciudad duerme. Casi toda. Existen distintas formas de no dormir. Hay una pragmática, la que te obliga a conducir un taxi por calles vacías o amasar el pan en la desmayada luz de un obrador. Otras son más lúdicas. En este preciso instante es muy probable que alguien estará alcanzando el culminante momento del orgasmo, acompañado o no, aunque acompañado no siempre significa compartido. También es posible que trabajo y placer crucen sus caminos, pues hay en el mundo quien se gana su sustento alcanzando o haciendo alcanzar orgasmos. Ninguno de estos casos es el mío. Mi insomnio hoy es menos lúdico y/o pragmático. Los dos imbéciles de abajo, con sus voces monocordes de disco escuchado al revés, me rompen el sueño. Allá en el nuevo continente añadirían que también les rompen las pelotas. Ni siquiera son una pareja teniendo sexo. Sería más ameno, más humano, más compensible. Al menos, podría darle uso al estetoscopio. Lo de los imbéciles entra más bien en la categoría de las invasiones bárbaras. Cuánta palabra para no decir nada. Qué manera más absurda de despilfarrar el silencio. Siento la misma desesperación de Meursault cuando le privan del tabaco en la cárcel. Yo vivo también en una prisión, sin barrotes, de paredes invisibles y metafóricas unas veces, de una fisicidad verde manzana las otras. Éstas y aquellas encierran un espacio cada vez más estrecho. Ya no cabe ni el silencio, y eso, he de asumirlo, es parte de la pena. ¿Mi crimen? Ser, existir como este ente que soy yo mismo.   

septiembre 02, 2013

Nighthawks

Nighthawks
por Jose Torres


Había estado caminando toda la tarde sin rumbo, callejeando sin otro propósito que el de dejar pasar el tiempo hasta que el cansancio le hiciera regresar a casa. Las ventanas de los edificios se iluminaban como ojos que despiertan de su letargo y las calles, poco a poco, iban quedando desiertas. El bullicio de la ciudad cedía ante los murmullos de la noche. Miró el reloj. Era tarde, las diez pasadas, pero se encontraba bien en la penumbra de aquellas calles solitarias. Tan sólo estaba un poco cansado. Le apetecía descansar los pies y tomar algo. Pensó en ir a Phillies.  

- “Sí, Phillies siempre está abierto”, pensó para él.

Le gustaba especialmente aquel bar. A esas horas casi siempre estaba vacío y cerraba muy tarde. El propietario tenía problemas de insomnio y apenas daba conversación.

Dos calles antes de llegar a Phillies, ya vio su rotunda luz blanquecina iluminar la esquina. A través de sus enormes cristales distinguió al camarero que aparecía como una mancha lechosa tras la barra roja. Había también un hombre y una mujer, sentados casi frente a frente, en cada uno de los lados de la barra triangular, aunque separados por la distancia que existe entre dos mundos que nunca llegarán a encontrarse.

Al entrar tomó asiento al lado de la mujer. Le llamó la atención su elegancia, impropia de un local tan modesto y solitario.

- Un café. Perdone señorita, ¿tiene fuego?
- Le doy fuego si me invita a un cigarrillo

Sacó del bolsillo un paquete ya abierto, y con un sutil golpe de su índice, dos cigarrillos asomaron por la abertura. Ella acercó sus manos largas y cuidadas, y con la sutileza de sus dedos índice y pulgar apresó uno de los pitillos y se lo llevó a los labios. Eran carnosos, y estaban pintados de un color rojo pálido que sin embargo no dejó ninguna huella en la boquilla. Del taburete de la derecha rescató su bolso y lo puso sobre la barra. Tras uno segundos de búsqueda sacó de su interior un Zippo en el que podía leerse la siguiente inscripción “Good luck”. Encendió su cigarrillo y se dispuso a encender el de él, que ya colgaba de sus labios. La mujer se dio cuenta de que él miraba con atención el encendedor.

-“Fue un regalo”, dijo ella. Lo puso sobre la palma de su mano y mirándolo siguió: “Quien me lo dio, dijo que siempre que leyera la inscripción tendría buena suerte”.
-¿Y funciona?
-Unas veces sí, y otras veces no.

Él esbozó una sonrisa y tomó un sorbo de café.

- Si bebe usted café no va a poder dormir
- Hoy no tengo ganas de volver a casa
- ¿No le espera nadie?
- No. Dijo él soltando una bocanada de humo. ¿y a usted?, ¿tampoco la espera nadie?
- Quien debería esperarme está ahora a 35000 pies, en algún lugar cerca de Boston.
-¿Está usted casada con un piloto?
- Prometida.
- Bonita profesión
- Bonita y solitaria
-¿Y usted a qué se dedica?
- No me llame de usted, no me gusta.
- Bueno, pues ¿a qué te dedicas?
- Soy abogada
- Un adalid de la justicia.
- Mi trabajo no tiene nada que ver con la justicia. No creo que la justicia exista siquiera. Creo en mis clientes en todo caso, y no en todos.

Nada más terminar la frase dio una calada profunda y preguntó:

-¿Y tú?, ¿a qué le dedicas tu tiempo?
- Trabajo para el gobierno, en el ministerio de agricultura.
- Nunca lo hubiera pensado -Se quedó mirándolo un momento -. No sé, tienes aspecto de ser de los que sueñan despierto.
-¿Y qué creías que era?......¿taxidermista?

Ella rio alegremente.

-No, pero no te hacía trabajando en algo tan terrenal.
-Tienes unos ojos preciosos -dijo él de repente- . Seguro que tu piloto piensa que son más azules que el mismo cielo.
-Sí, bueno, no sé. No es muy aficionado a decirme lo que piensa sobre mis ojos. La verdad es que no es muy aficionado a decirme qué piensa sobre cualquier cosa.

Dio otra calada profunda.

-Bueno, creo que me voy a ir – dijo ella con pena -. Debe de estar a punto de llegar y quiero estar cuando llame. Gracias por el pitillo y la compañía.
-Gracias a ti por el “Good luck”.

Ya al lado de la puerta, se volvió.

-Por cierto, me llamo Mary.
-Joseph
-Buenas noches
-Buenas noches